Detúvose aquí el diplomático con solemne pausa, y añadió sentenciosamente:

—Todo árbol es madera, pero el pino no es caoba... En mi opinión, ni Sabadell puede ser ministro, ni yo puedo dejar de serlo.

El dedo del señor Pulido comenzó a subir y bajar con riesgo manifiesto de descoyuntarse, cual si marcaran sus oscilaciones los grados de impaciencia de su dueño.

—¿Y crees tú, Pepe, que el señor Cánovas del Castillo será de tu misma opinión?...

Miróle el diplomático con aire de lástima y díjole al cabo:

—Mira, Pulidito, hijo mío, creo que no soy del todo imbécil... Cánovas no da un paso sin contar antes conmigo.

—¿Y ha contado contigo para proponer la candidatura del señor Díaz de la Laguna?...

Pasmóse interiormente el gran Robinsón, porque ignoraba por completo que semejante candidatura se hubiera presentado; mas pareciéndole contrario a su decoro manifestar ignorancia, y cediendo a su hinchada vanidad, que le llevaba siempre a disfrazarlo todo con solemnes mentiras y enigmáticos conceptos, a fin de mantener en alza su crédito político, replicó imperturbable.

—Ha contado.