Encontráronse los dos amigos frente a frente, y no obstante el disfraz de la dama, reconocióla al punto Jacobo; con más sorpresa que disgusto, salió entonces a su encuentro:
—¡Criatura!... ¿Qué haces aquí? ¿A qué has venido?...
Ella, agitada por mil sentimientos encontrados, entre los que sobresalía la ira, contestó con amarga burla:
—Pues nada... Venía a indicarte dónde está el número 4.
—¿Pero quién te ha dicho eso?—exclamó el otro asombrado—. Vamos, tú has creído otra cosa...
Y cogiéndola del brazo dobló con ella de nuevo la esquina de la calle de Serrano; entonces, ciega de ira la dama, parada en la acera, cual si la rabia la hubiese allí enclavado, comenzó a arrojar por la boca todos los sentimientos de su corazón mezclados y confundidos, pero bajo la forma siempre del insulto, a la manera que lanza un volcán todas las materias contenidas en su seno, formando un solo cuerpo, un solo torrente de lava que tala y destruye por dondequiera que pasa... Esforzábase en vano Jacobo por probarle su inocencia; ella no le dejaba hablar, y con sus flacas manecitas habíale deshecho el embozo, levantando hasta el rostro de él las uñas, como si quisiera arrancarle los ojos.
Jacobo, irritado también por la burla de Pérez Cueto, acosado por los reproches de Currita y temeroso de perder la amistad, para él indispensable, de esta, viose al fin forzado a confesarle toda la verdad, con el fin de aplacarla...
Consiguiólo al punto; al oír la dama el nombre de masones, apagóse en el acto su ira y llenóse en cambio de un espanto casi pueril, extraño en un carácter de tan enérgico temple.
—¡Vámonos, vámonos!—decía—. Por Dios te lo pido, Jacobo; no te quedes aquí. ¡Vámonos!
Y con acento de verdadero terror, mirando a todas partes espantada, repetía muy bajo: