—¡Excomulgados! ¿Sabes? ¡Están excomulgados!...
Jacobo, creyendo con razón que el terror es contagioso, porque sentía él comunicársele el que a la dama le agitaba, procuró, sin embargo, sosegarla.
—Pero no seas tonta, mujer, no seas chiquilla... Vámonos si quieres, pero sosiégate. ¿No estoy yo contigo?... ¿Has venido sola?...
—Sí.
—¿Pero a pie?... ¡Qué locura!
—No..., tengo ahí un simón...
—Pues te acompañaré en él a tu casa, y me llevará después a la mía.
—¿Traes armas?—dijo ella muy bajo.
—Sí, un revólver.