Siguieron ambos hacia Recoletos, mirando ella a todas partes muy azorada, procurando él rechazar con la idea de que era un chasco de Carnaval la carta de Pérez Cueto la inquietud que a pesar suyo le causaba el extraño terror de Currita.
Al volver la esquina, miráronse ambos en silencio, cual si el exceso de su espanto les paralizara las lenguas... El coche había desaparecido, y ni por una ni por otra parte del paseo se divisaba a lo lejos.
—¿Le habías ya pagado?—preguntó Jacobo estupefacto.
Y ella, pegándose a él con el temblor de un calenturiento, contestóle muy bajo:
—No..., no le había pagado.
El caso era extraño, y Jacobo sintió renacer con mayor fuerza todas sus inquietudes; imposible era que el cochero se hubiese marchado sin cobrar, si alguien no le hubiera obligado o persuadido a marcharse; tuvo entonces un momento de angustiosa perplejidad, de verdadero miedo, que pasó por su ánimo naturalmente valiente, estremeciéndolo como a un cuerpo robusto un soplo helado.
—Vámonos andando—dijo.
Y ambos echaron a andar agarrados del brazo, sin pronunciar una palabra, atravesando diagonalmente el paseo para ganar la acera opuesta, por parecerles quizá menos solitaria. Currita marchaba muy de prisa, sin mirar a ningún lado, fijos siempre los ojos en las luces de los faroles, que le parecían la salvación y la vida, sintiendo a la vez deseos y terror insuperables de volver atrás la cara. Al poner el pie en la acera, respiró Currita algo más desahogada y atrevióse a mirar a un lado y otro; todo parecía solitario, y tan sólo por la calle del Almirante vio a un hombre que marchaba a lo lejos, con las manos en los bolsillos, silbando la marcha de Pan y Toros. Al pasar por San Pascual santiguóse Currita muy de prisa, y Jacobo, oprimiéndola el brazo cariñosamente, dijo en son de burla:
—¡Tonta!...
Llegaban al ministerio de la Guerra, y allí Currita se tranquilizó más todavía, porque comenzaba a poblarse aquella soledad que la aterraba. Un coche subía por la calle de Alcalá y entraba por el paseo del Prado; en el jardín del ministerio brillaba el fusil de un centinela, y algunas voces de hombres que venían cantando escuchábanse muy de cerca, por el lado de allá de la verja.