¡Quién lo había de creer!... Al oír esto la niña, apagóse en sus labios la sonrisa, como una luz que mata de repente una ráfaga de viento; cruzó las manos angustiada, miró a su madre con espanto y se echó a llorar a lágrima viva, con el corazón encogido...

—Pero ¡vaya por Dios, vida mía!—exclamó Currita estupefacta—. ¿A qué viene ese llanto? ¿Es que no quieres venir?

Lilí, enjugándose con ambas manitas los ojos, repetía sollozando:

—Aquí me quieren todos... todos... Las Madres y las niñas...

—Pero, hija mía, ¿acaso en tu casa no te quieren?—exclamó Currita, poniéndose muy seria; y la niña, titubeando un momento, contestó con candorosa sencillez, cuyo alcance no supo medir sin duda:

—Ahora no está allí Paquito...

Currita sintió un movimiento de ira, que se transformó al punto en dolor profundo, en dolor vivísimo que jamás había sentido, allá en el fondo de sus entrañas de madre... Sus ojos se llenaron de lágrimas, atrajo hacia sí a la niña, separóle del rostro ambas manos, y besándola en la frente, díjole con mucho cariño:

—Pero lo recogeremos al paso, tonta, y nos iremos a París todos juntos.

La niña meneó la cabeza, apartándose del regazo de su madre, y procurando dominar su aflicción, como si se aprestase a una batalla, dijo resueltamente: