—La madre se echó a llorar..

—¿Y el padre?...

—Se echó a reír y me consoló mucho, y me dijo que no ofreciese nada sin que él me avisase.

Currita se quedó muy pensativa y permaneció largo rato en silencio, mirando a la niña; de pronto, dijo:

—¿Pero el padre Cifuentes te querrá mucho?...

—¡Oh, sí!... Es muy bueno; me quiere mucho.

Calló otra vez, seria y meditabunda; porque en medio de aquel rudo oleaje de afectos con que la gracia de Dios combatía su alma para sacarla a flote, santos unos como el amor de madre, saludables otros como el remordimiento, apareció muy honda y comenzó a subir, a subir, hasta flotar en la superficie y sobrenadar en lo alto y llenarlo todo y dominarlo todo, la idea fija, su ángel malo, el pensamiento constante que llevaba clavado en la frente, como un dolor neurálgico, de satisfacer su vanidad y vengar su despecho, recobrando de nuevo su antigua posición y su brillante corte de mujer elegante. Había visto de repente un camino desconocido, un sendero tortuoso que allí llegaba dando rodeos, y ya no oyó más, ya no se ocupó de otra cosa. Cinco minutos largos permaneció callada, inmóvil, tirando al parecer sus planes. Lilí, con las manitas cruzadas sobre las rodillas y la cabeza baja, la miraba de cuando en cuando a través de sus largas pestañas, extrañada de aquel singular silencio.

Rompiólo Currita al cabo; aquella pichoncita suya monísima y preciosa la había enternecido... Pero todo aquello era muy serio, muy grave, y hacíase preciso pensarlo despacio, muy despacio, y no decidirlo así de repente, en un segundo... Por de pronto, dejaría a la niña en el colegio y detendría ella su viaje para hablar con el padre Cifuentes.

Lilí, al oír esto, saltó espontáneamente de la silla y se arrojó al cuello de su madre, cubriéndole el rostro de besos, llorando y riendo al mismo tiempo, como se mezclan la lluvia y el sol en un chubasco de mayo. Ella se enterneció un poquito y derramó tres lagrimitas.

—Conque nada, pichona mía, mucho juicio, y pide a Dios que a todos nos ilumine... Y ahora, vidita mía, dile a la madre Larín que quiero hablarle un momento... ¿Eh, pichona?... Cosa de un segundo, avísala tú, vidita...