—Pues entonces habrá sido el confesor, el padre Cifuentes.
—Tampoco...
—¿Pues quién te lo ha dicho?...
—Paquito.
—¿Paquito?... ¡Vaya un apóstol!... ¿Y por qué no se mete él fraile?...
—Eso le escribí yo... Y le envié la Vida de san Estanislao y una estampita de san Luis de Gonzaga... Pero me contestó que él era muy desgraciado y tenía que hacer en el mundo una cosa muy grande, muy grande... Yo no sé lo que será...
Currita comenzó a sospecharlo y se puso muy pálida; la escena terrible de su estudio, cuando el niño se había arrojado sobre Jacobo como una fiera sedienta de sangre, acudió a su memoria con gran viveza, estremeciéndola de espanto, infundiéndole esa especie de terror retrospectivo que causa un peligro pasado, despertando en su alma el aguijón de un remordimiento, avivando en su corazón el dolor de una herida chorreando aún sangre... ¡Oh! ¡Ya no tenía que hacer el pobre niño aquella cosa muy grande, muy grande, porque otra mano más culpable le había tomado la delantera en la esquina de Recoletos!...
Lilí, sin imaginar siquiera en su sencillez de ángel el efecto que en su madre podían causar sus palabras, continuó diciendo:
—Me decía que fuese siempre muy buena y no saliera nunca del colegio y rezara mucho por él, y por usted y por mi papá; porque la ira de Dios iba a descargar sobre nuestra casa... Yo lloré mucho, mucho, y ofrecí entonces ser monja, y se lo dije a la madre Larín y al padre Cifuentes.
—¿Y qué te dijeron?—preguntó Currita con los labios blancos.