—¡Delicioso!—exclamaba encantada Currita—. Mira, Fernandito, parece un cuadro de Meissonnier.

Los premios, sin embargo, no aparecían por ninguna parte, y Paquito se encogía de hombros, asegurando ignorar dónde los había puesto.

—¡Tonto!—gritó Lilí, dándole una palmada—, si los dejaste abajo...

Y en menos de dos minutos fue por ellos y los trajo, mostrándose muy sorprendida de que los vivos colores del diploma apareciesen desteñidos en algunos sitios como por gotas de agua. El niño se puso muy encarnado y no dijo una palabra: sus lágrimas de la noche anterior eran la causa de aquellas manchas.

En aquel momento anunció un criado a Currita que el señor ministro de la Gobernación deseaba hablarla con urgencia. Volvióse ella bruscamente a su marido, dejando caer el diploma que tenía en la mano, y él se incorporó asustado, quedándole por la cabeza el paño negro con que se cubría para enfocar la máquina; por debajo asomaban sus bigotes retorcidos, su nariz colgante, sus ojos azorados en aquel momento, fijos en Currita, con la medrosa expresión del escolar desaplicado cogido in fraganti.

La esposa dio dos pasos hacia el esposo, desmintiendo con los rayos, que de sus claros ojos brotaban, la suave vocecita y el pausado tono con que dijo:

—¿Pues no comió ayer aquí ese buey Apis?...

—Es un animal—replicó el marido; y para ocultar su turbación, escondióse bajo el paño negro, poniéndose a enfocar de nuevo la máquina.

—Óyeme, Fernandito, que te estoy hablando—añadió Currita con relamida pausa.

Incorporóse de nuevo Fernandito, cada vez más turbado, sin quitarse el paño negro de la cabeza.