—¿Dijo anoche algo el buey Apis sobre el nombramiento?

—Nada—balbuceó Villamelón.

—¿Nada?... ¿Estás cierto?...

Los labios de Villamelón temblaron como tiemblan los del chico que va a soltar una mentira.

Y pensándolo mejor, sin duda, recordó al cabo Fernandito que el ministro de la Gobernación, el buey Apis, como por razón de su corpulencia le llamaban, tan sólo le había dicho que el pastel de ratas debía de ser muy indigesto. ¡Vaya usted a ver qué tontería! Pero en cambio manifestó a Juanito Velarde que aquello no podía quedar así, que nadie se burlaba impunemente del Gobierno y que estaba decidido a reclamar de Currita la aceptación del nombramiento, apoyándose en una carta que—¡frase poco ministerial!...—había de refregarle por los hocicos...

—¿Una carta?—exclamó Currita realmente sorprendida—. ¿Pero de quién?...

—¡Mía!... ¡Mía!...—balbuceó Villamelón; y comprendiendo que con esto soltaba el trueno gordo, pidió a la tierra que se lo tragase. Mas la tierra no tuvo por conveniente darle gusto. Currita avanzó otros dos menudos pasitos, y suavizando más y más su acento, mientras más y más se encolerizaba, añadió:

—¿Pero tú le has escrito, Fernandito?...

Villamelón bajó la cabeza anonadado.

—¿Pero no te dije que fueras a hablarle?... ¿Que en todo este negocio no había que soltar por escrito una sola letra?... ¿Lo ves, Fernandito?...