Villamelón retrocedió un paso como quien espera un cachete, y Currita adelantó otro, diciendo después de una pausa:
—¿Y dijo que iba a... a... a presentarme esa carta?
—Eso decía Velarde.
—¿Estás seguro?...
—Segurísimo.
Villamelón dio otro paso atrás y Currita otro adelante, repitiendo con tan suave voz que parecía una caricia:
—¿Lo ves?... ¿Lo ves, Fernandito?...
Y tirando de repente con rabioso arranque del paño negro, hundióle la cabeza a su ilustre esposo en la especie de saco que aquel formaba; volvió luego la espalda pausadamente, y sin perder su suavidad, salió de la cabaña.
Lilí se reía a carcajadas al ver a su padre forcejeando por sacar la cabeza del saco negro, y corrió a Paquito para decirle al oído un secreto muy grande, muy grande...