—¡Lo siento... lo siento en el alma!—dijo.

Y con sencillez verdaderamente progresista, añadió, recordando la rústica farmacopea de su tierra nativa:

—¿Por qué no se pone usted dos ruedas de patatas en las sienes?... Eso alivia mucho.

—¿Patatas?—exclamó Currita estremeciéndose de espanto. ¡Jesús, Martínez, por Dios!... Prefiero la jaqueca.

Martínez comprendió que había asomado la oreja lugareña bajo la piel del ministro cortesano, y entró en materia, dejando a un lado compasivos preámbulos y recetas caseras.

—Siento entonces venir a aumentarle a usted la jaqueca; pero el negocio es grave y urgente...

La condesa acomodó la roja cabecita en su blanda almohada con lazos rosa y fijó en el ministro sus claros ojos, que expresaban admirablemente la extrañeza. Afianzóse Martínez las gafas de oro, torció la descomunal cabeza, y amenazando a Currita con su gordo y porrón dedo, como hace el dómine que echa al niño una reprimenda cariñosa, le dijo:

—En Palacio están muy disgustados...

Currita se encogió de hombros, haciendo un gracioso pucherito como quien dice: ¿Y a mí qué me cuenta usted?...

—Sí, señora—prosiguió el ministro—. Su majestad el rey, muy ofendido... Su majestad la reina, sentidísima.