Diole a Currita ganas de reír la pomposa hinchazón con que pronunciaba el ministro demócrata aquellas sonoras palabras: Palacio..., majestad..., rey..., reina, que parecían llenarle la ancha bocaza, y preguntó con su suavidad acostumbrada:

—¿Quién?... ¿La Cisterna?...

Crecióse el ministro como un toro de Veragua al que plantan una pica.

—No, señora—exclamó ofendido en su orgullo dinástico—; su majestad la reina de España, doña María Victoria.

—¡Ya!...—dijo Currita—. ¿Y qué tengo yo que ver con los sentimientos de esa señora?...

—¿Qué tiene usted que ver?...—exclamó el ministro, sofocado por el calor de la chimenea y la calma zumbona de Currita—. ¿Pues le parece a usted poco solicitar el cargo de camarera mayor, para desairarlo luego después de concedido?... ¿Así se juega con una reina modelo de virtudes? ¡Pues sepa usted que el Gobierno está decidido a reclamar enérgicamente!...

Y el ministro, descompuesto, sudando la gota gorda, colorado como una remolacha, y con ambos puños apoyados en las respectivas rodillas, fijaba en Currita sus ojos de besugo, como si pretendiese tragársela de un solo bocado. No le intimidaban, sin embargo, a ella los mugidos del buey Apis; incorporóse un poquito, y muy extrañada y ofendida, y con los claros ojos fijos siempre en el vacío, comenzó a decir con su suave vocecita algún tanto apurada:

—¡Pero Martínez, por Dios, no se descomponga así!... ¡Se pone usted tan feo!... Preciso es que haya en eso alguna equivocación, algún quid pro quo, para que un hombre de su talento de usted diga semejantes desatinos... ¿Yo, camarera de la Cister... quiero decir, de doña Victoria?... ¿De dónde ha salido eso?

—¡De usted misma, señora condesa, de usted misma!—gritó el ministro—. ¿Se atreverá usted a negar delante del ministro de Ultramar que ha solicitado el cargo de camarera, con tal que diesen a Velarde la Secretaría del rey, y a usted seis mil duros de sueldo?...

—¡Pues ya lo creo que lo negaré!—contestó Currita con todo su desparpajo.