—Pero ¿viste tú esa carta?—exclamó Robinsón estupefacto.
—¡La vi, Butrón, la he leído!... ¡Qué vergüenza!... ¡Creí morirme!... Decía el buey Apis que el ministro iba a publicarla en los periódicos si yo no aceptaba el cargo. ¡Lloré, supliqué, pidiéndosela en nombre de mi honra, en nombre de mis hijos!... Todo en vano: o aceptaba yo el cargo, o la carta se publicaba... Entonces le ofrecí dinero, y mi hombre empezó a blandearse... Me pidió cinco mil duros; luego tres mil, ¡regateando, Butrón, regateando como un judío!... Por fin se cerró el trato en los tres mil, y anoche, a la una, volvió a entregarme la carta y recibir el pago... Porque, claro está, yo no tenía dinero bastante, tampoco podía pedírselo a Fernandito, y he tenido que empeñar una porción de joyas...
Butrón escuchaba asombrado, tragándose, una a una, como un bolonio, toda aquella sarta de mentiras, diestramente entrelazadas con algunas escasas verdades; cruzó las manos con trágico ademán y exclamó con el aire de un Catón escandalizado:
—¡Eso es nauseabundo!
—¡Pero si hay más, Butrón, si hay más!... ¡Si es infame!—prosiguió Currita muy animada—. A la una me entregó anoche el buey Apis la carta... A las diez llega hoy, de repente, la policía a registrarme mis papeles... ¡Negocio redondo que buscaba el gran canalla!... ¡Coger de nuevo la carta y quedarse con mi dinero!...
—Pero ¿la han cogido?—exclamó Butrón consternado.
—¡Ca!... ¡Primero me quitan la vida!... Tuve tiempo de romperla y echar los pedazos por el vertedero del baño.
—¡Berr!—hizo Butrón como si le dieran náuseas; y con las manos cruzadas a la espalda, actitud de las grandes perplejidades, y fruncido el formidable guardapolvo de sus cejas, señal en él de graves preocupaciones, comenzó a medir a grandes pasos la estancia. Currita le miraba marchar con el rabillo del ojo, dando de cuando en cuanto nerviosos suspiritos.
Indudable era para Butrón que la dama era una tramposa; pero lo que decía era en todo perfectamente verosímil y explicaba por completo la extraña visita de la policía. ¿Qué había ido, si no, a buscar en aquella casa?... Por otra parte, aquel repentino suceso aseguraba al partido la alianza de aquella mujer que dominaba al Madrid elegante con el poderoso imperio de la moda, y esto bastaba a las teorías del diplomático; detúvose, pues, de repente ante ella y díjole solemnemente: