—Es preciso hacer una manifestación ruidosísima, que levante el espíritu y sirva de protesta a este atropello...
Currita se encogió de hombros, disimulando bajo una perplejidad afectada el rayo de vanidosa alegría que iluminó su semblante.
—¡Pero, Butrón, por Dios!—dijo—, por mí no hay inconveniente; pero ya ve usted que quien pierde aquí es Fernandito.
—Mira, Curra, Fernandito no pierde nada, porque nada tiene que perder... Tu marido es un imbécil Y eso lo sabe todo el mundo.
—Es verdad—dijo con heroica conformidad Currita.
—Además, yo te garantizo el secreto... El negocio es grave y puede sacarse de él mucho partido.
—Eso bien lo veo yo... Por eso no me opongo... Después de todo, lo primero que hay que mirar es el bien de la causa... Yo todo se lo sacrifico... Bien lo he probado siempre... ¡Bien lo estoy ahora probando!...
Y Currita se enterneció otra vez, emboscando entre sus nuevas lagrimitas este ruego inocentísimo:
—Lo único que pido es que escriba usted mismo a la señora la verdad de lo que está pasando... ¡Le tengo un miedo a los enredos, a los chismes de este Madrid!... ¡Esa Isabel Mazacán es tan chismosa... me tiene una envidia!...
Cuadróse Butrón delante de la dama y dijo golpeándose el pecho: