—¡Hombre, Diógenes!... Tú que conoces a todo el mundo, ¿podrías decirme quién es la familia de Cucurbitáceas?
Miróle Diógenes un momento de hito en hito, pensando sin duda que más presto se conoce la necedad o el talento de un hombre por sus preguntas que por sus respuestas, y díjole al cabo:
—¡Ya lo creo!... Ven acá...
Y llevándole frente a un espejo, y cogiéndole con una mano por el cogote, diole con la otra una gran palmada en la cabeza, añadiendo muy serio:
—Aquí tienes a la madre...
Luego, gritóle desaforadamente al oído:
No se envanezca de su ilustre raza
Quien debió ser melón y es calabaza!!!...
Al otro día, los periódicos ministeriales de la mañana rompían al fin la estudiada reserva que se habían impuesto, y uno de ellos, La España con Honra, publicaba un pequeño suelto en que se veía la manaza de Martínez levantando la punta del velo que encubría el suceso, con esa táctica refinada de la malicia que, sin necesidad de nombrar, designa señalando con el dedo.
«Ayer—decía el periódico—ha sido objeto de grandes comentarios en todos los círculos la visita de la policía al palacio de los señores marqueses de Villamelón, previo auto del juez y orden del gobernador, según prescriben las leyes vigentes. Por un lamentable descuido del jefe del orden público fueron comprendidos entre los papeles políticos incautados en las habitaciones de la señora marquesa algunas cartas importantes de índole puramente doméstica. El señor gobernador devolvió al punto caballerosamente estos papeles al señor marqués de Villamelón, comprendiendo que en asuntos conyugales sólo al marido toca hacer reclamaciones. Creemos, sin embargo, que el lance no tendrá consecuencias de ningún género, dada la prudencia proverbial de las personas interesadas.»
Otro periódico ministerial, El Puente de Alcolea, completaba estas noticias con el siguiente sueltecito, en que no asomaba ya la manaza, sino la pataza del excelentísimo Martínez, descargando una coz digna de la formidable pezuña del legítimo buey Apis: