«Es completamente inexacto que el registro llevado a cabo por la policía en el palacio del señor marqués de Villamelón no produjese resultado alguno. El señor gobernador no erró la pista: tan sólo equivocó la pieza, y en vez de saltar la liebre saltó un venado».

Y más adelante añadía, describiendo el concurso de personajes ilustres que habían acudido al palacio de Villamelón en aquellos momentos críticos:

«Con gran asombro de todos, llegó también presuroso el señor marqués de Butrón, trayendo blanca por completo su poblada barba, negra de ordinario, como las alas del cuervo. No es creíble que el sentimiento y el sobresalto del señor marqués fuesen tan grandes que le hicieran encanecer la barba de repente: creemos más bien que habría olvidado aquella mañana los secretos de alquimia de su tocador, sin duda por no tener presente la siguiente anécdota que le recomendamos:

Cuentan de Carlos V que, visitando una vez cierto convento de Alemania, vio un monje que tenía la barba negra y el pelo blanco por completo. Preguntóle la causa de tan extraño fenómeno, y el monje contestó:

—Señor... He trabajado más con la cabeza que con los dientes.

Presentóse algunos meses después al César un embajador polaco que tenía el cabello negro y la barba blanca. Recordó entonces Carlos la respuesta del fraile y dijo a sus cortesanos:

—He aquí un embajador que ha trabajado más con los dientes que con la cabeza.

Sea, pues, más cauto en lo sucesivo el ilustre diplomático, si no quiere que se haga sobre su persona la reflexión que sobre el embajador polaco hacía Carlos V».

Villamelón y Currita leyeron cada uno por su parte todas estas noticias y guardáronse muy bien de comunicarse mutuamente sus impresiones, pareciéndole a ella más prudente hacerse la sueca y a él más fácil hacerse el desentendido. El marqués, por su parte, había ya desahogado su corazón en el perro amarillento de Kamschatka, y Currita se apresuró a desahogarlo también en la fina amistad de Juanito Velarde, que acudió muy alarmado a pedir categóricas explicaciones del hecho. La sola fecha de las cartas bastó para tranquilizarle por completo, y este fiel amigo tomó entonces a su cargo acortar las distancias y echar a la mar pelillos, repitiendo al oído de uno y otro cónyuge la frase del pato de la fábula:

Paz, caballeros, paz.