El calor arreciaba con la mayor afluencia de gente, y muchas señoras se habían refugiado en un salón bajo que se prolongaba en un pequeño jardín también atestado de gente y vistosamente iluminado con farolillos a la veneciana. Varios lacayos con pelucas empolvadas y gran librea verde y amarilla, colores de la casa, cruzaban por todas partes, ofreciendo a la concurrencia, en grandes bandejas de plata, sorbetes a la Albornoz. Eran los famosos helados de naranja, servidos en la mitad de la cáscara de la fruta, artísticamente vaciada al efecto. Currita, impulsada por el repostero de Butrón, llegaba a las columnas de Hércules de la celebridad femenina.
—¡Magnífico!—exclamó tomando uno la duquesa de Bara—. El pensamiento es oportuno... Curra simbolizada por un sorbete... No se puede dar imagen más completa de su frescura. ¿No es verdad, Diógenes?...
Diógenes acudió, arrastrando los pies, y se dejó caer en una silla.
—Estoy malo—dijo.
—¿Qué tienes, hombre?...
—¿Qué ha de tener?—dijo Carmen Tagle—. Lo que tienen las cepas: oidium...
Diógenes soltó una atrocidad, acompañada de la interjección favorita que solía emplear entre señoras, sustituyendo a otras más enérgicas: ¡Polaina!... Había merendado aquella tarde en San Antonio una ensalada de pepinos y se le habían indigestado algún tanto. Riéronse mucho las damas, entonando el consabido estribillo:—¡Qué cosas tiene!—y Carmen Tagle, para desagraviarle, le ofreció un sorbete diciendo:
—Vamos, hombre... Tómate un Curra Albornoz y te curas... No es más indigesta la ensalada de pepinos que el suelto de El Puente de Alcolea, y ahí la tienes a ella bailando tan fresca.
—¡Sí, es mucha Curra esa!—dijo lastimeramente una señora vieja, avellanada, pringosa, que asomaba entre rasos y blondas, como en su papelillo calado un dulce de almíbar.