—Yo nunca creí que tuviera valor para presentarse aquí esta noche—observó otra.

—¡Bah!... A eso y mucho más llega su desvergüenza.

—¿Su desvergüenza?—preguntó Diógenes—. ¿Y por qué?

—¿Por qué?... Capaz serás tú de defenderla.

—¡Pues ya lo creo que la defiendo!... ¡Su desvergüenza!... La desvergüenza de ustedes justifica la suya... Si vosotras la tenéis para recibirla, ¿por qué no la ha de tener ella para presentarse?...

—¡Vaya!—exclamó escandalizada la marquesa de Lebrija, presidenta general de tres asociaciones piadosas—. Yo quisiera que me dijera usted qué se hace entonces en Madrid con esa clase de personas...

Miróla Diógenes de hito en hito, y con la procaz desvergüenza de su lenguaje de taberna, con la inexorable lógica de su profundo buen sentido, contestó al cabo:

—¡Cerrarles a piedra y lodo la puerta, o no quejarse, señora mía!... ¡Polaina!... Si levanta usted la tapa del común, ¿con qué cara viene a quejarse luego de que apeste?...

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