[—XI—]
La noticia de la muerte de Velarde llegó a Madrid al punto, y la condesa de Mazacán fue la primera que se presentó en casa de la Albornoz con la intención dañadísima de darle la triste nueva. Inmutóse Currita atrozmente, y por un momento pareció que el mundo entero se le venía encima.
—En Madrid ha hecho esto una impresión horrible—dijo la Mazacán apretando el torniquete—; todo el mundo habla de su pobre madre: era él su único amparo...
Currita comprendió el terrible reproche que esta intencionada observación encerraba, y sin tiempo para reflexionar, y convirtiendo en ira contra los demás el propio remordimiento, achaque común de todos los mezquinos, olvidóse de su suavidad y mansedumbre, y se revolvió furiosa, como una gata arisca a que pisan el rabo; en la impetuosidad de su ira, cometió la imprudencia de disculparse:
—¿Y qué tengo yo que ver con eso?—gritó—. ¿Acaso le he dicho yo que se bata? ¿Quién le mandó meterse en camisa de once varas?... También el papel de don Quijote tiene sus quiebras, hija mía...
—Y las suyas el de Dulcinea del Toboso, querida—replicó la Mazacán comenzando a sulfurarse.
—¡Ya lo creo que las tiene!... Sobre todo cuando se atraviesa lo que yo me sé...
—¿Y qué es ello?...
—La envidia, hija, la envidia.