—¿La envidia?... ¿De quién?...

—Tuya, por ejemplo.

La Mazacán saltó a su vez hecha una hiena, porque el tiro fue a dar en el blanco.

—¿Mía?...—gritó—¿Yo... envidia... de ti? ¿De la Villamelón? ¿De la Vi... lla... me... lo... na?

Y se reía con una carcajada en que iban envueltos todos los rencorcillos mujeriles de tiempos atrás almacenados, mientras acentuaba las sílabas de aquel Vi... lla... me... lo... na, que era, por una extraña manía, el mayor insulto que podía hacérsele a Currita.

Entonces comenzó entre la espiritual Ofelia y la Diana cazadora una contienda digna de tener a Pedro López por cronista. Peleáronse como dos rabaneras, lanzáronse a la cara verdades y calumnias, puñados de fango amasado con agua de Colonia, con el desparpajo y el encono de dos Marfisas o Bradamantes de cabo de barrio, dispuestas a agarrarse por el moño y rodar por la mullida alfombra, lo mismo que ruedan las otras por en medio del arroyo. La Mazacán había roto los guantes apretando los puños y daba gritos con su hermosa voz de soprano. La otra, tiesa en su asiento, erguida la cabecita como la de una víbora que se defiende, escupía sus desvergüenzas sin moverse, sin mirar a ninguna parte, como una figurilla de ira petrificada.

En mitad de la contienda aludió Isabel Mazacán a las cartas del artillero, y este recuerdo trajo otro a la memoria de Currita, que pareció causarle grande sobresalto. Marchóse atropelladamente dejando a su rival con el insulto en la boca y corrió en busca de Kate, su doncella. Juanito Velarde debía de tener una porción de cartas suyas y era preciso recogerlas sin pérdida de tiempo antes de que fuesen a parar a otras manos y resultase algún compromiso como el de marras. Kate subió apresuradamente a un coche, y una hora después entregaba todas las cartas a su señora: entre ellas venía por equivocación el billete de la lotería que la noche anterior compró Juanito Velarde al retirarse a su casa. ¡Extraña burla de la suerte! Aquel billete estaba premiado con 15.000 duros, que, después de tirar muy despacio sus planes, se apresuró a cobrar la condesa de Albornoz secretamente.

Madrid entero comenzó a desfilar otra vez por casa de Currita, dándole el pésame por aquella desgracia, con uno de esos cinismos de que ofrece la corte frecuentes ejemplos... Ella estaba pasada de pena; había sentido en el alma la muerte de aquel pobre muchacho, tan simpático, tan cariñoso, apegado como un perro a Fernandito y a ella... El golpe había sido atroz, y se encontraba mala de resultas; porque ella no sabía nada, nada... ¡Claro está! Habíase guardado muy bien el pobrecillo de decirles una palabra a Fernandito y a ella, comprendiendo que, por delicadeza le impedirían, desde luego, semejante disparate... Porque, después de todo, había sido aquella una impertinencia de bonísima intención; una de esas pruebas de amistad que se prestan a interpretaciones a pesar de su heroísmo, y llegan hasta a ofender el decoro... y por otra parte, traía aquello una cola larga, larga, que les era muy gravosa...

Aquí bajaba Currita la voz, y añadía en el mayor secreto al oído de los charlatanes y charlatanas de profesión que más fama de ello gozaban en la corte:

—Figúrese usted que esa pobre gente no tiene fortuna y la madre queda en la miseria... Yo no la conozco; pero claro está que es cuestión de delicadeza... Por eso Fernandito y yo hemos tenido que hacer un sacrificio, y ya están depositados en el Banco de España 15.000 duros para que esa infeliz cobre la renta...