Y así era, en efecto: Currita había depositado en el Banco de España los 15.000 duros ganados a la lotería por Velarde, y escrito luego una carta a la madre de este, dándole el pésame por la heroica muerte de su hijo y lamentándose de aquel duelo a que su excesiva caballerosidad le había arrastrado. Añadíale después, con un rodeo no exento de habilidad ni de ficticia delicadeza, que siéndoles conocidas las circunstancias de su posición a su marido y a ella, querían ambos demostrar la amistad íntima que con el simpático Juanito les unía, ofreciéndole a ella una renta y un capital que quedaban depositados en el Banco de España y cuyos resguardos le enviaba adjuntos.

Y una vez terminada esta carta, Currita se encogió de hombros y se quedó tan fresca.

Mientras tanto, nadie se cuidaba de preparar a aquella pobre madre para el golpe atroz que la amagaba; y feliz ella con la carta de Juanito, disponíase, con la exagerada previsión del cariño que se complace en forjar necesidades que no existen, por el solo gusto de ponerles remedio, a preparar las habitaciones de aquel hijo querido que, no obstante su ingratitud y sus defectos, se le presentaba entonces como el modelo más acabado de amor de hijos. Nada hay tan dispuesto a perdonar como el corazón de una madre, ni nada tampoco como la ausencia para borrar de la memoria los defectos de las personas queridas, y poner sólo delante sus buenas prendas y los momentos de dicha debidos a su cariño.

Entró, pues, en aquellas habitaciones cerradas tres años hacía, santuario de su amor de madre que ella sola visitaba, y comenzó a disponer lo que había de retirarse, lo que había de sustituirse y lo que se había de añadir, para que nada faltara al huésped y encontrase allí satisfechas las nuevas necesidades que hubiese adquirido en la corte. Anunciáronle, entonces, la visita del párroco, y ella bajó algún tanto extrañada, porque era la hora intempestiva por todos conceptos. El buen señor había leído en los periódicos la terrible catástrofe, y corrió desolado a casa de la infeliz madre para prepararla poco a poco, antes que algún indiscreto le diera la noticia de un golpe.

Con mil angustias y rodeos, y sin saber él mismo lo que se decía, comenzó su triste tarea, viniendo a decirle al cabo que su hijo estaba enfermo en Madrid y muy grave.

La pobre mujer saltó de la silla blanca cual un papel, extrañada y casi irritada como si fuese aquello una broma horrible que vinieran a darle.

—¡Imposible!—gritó—. ¡Si me escribió ayer! ¡Si tengo yo aquí la carta!...

Y daba vueltas como loca por el cuarto buscándola, y la puso abierta ante los ojos del cura, temblando como una azogada, con los ojos desencajados, sintiendo horribles escalofríos que le comenzaban en la nuca y le seguían por toda la espalda.

—¿Lo ve usted? ¿Lo ve usted?...—decía—. Y viene por el mes de agosto... hasta la Virgen de Regla... Y el día 3 se va a confesar... ¡No, no, imposible que se muera! ¡Hijo de mi alma!...

Acudieron los tres chicos y las dos criadas, demudados todos, presintiendo, al oír los gritos de su madre, después de la entrada del cura, alguna espantosa catástrofe. Este le tomó la carta, y comprendió por la fecha que la había escrito el desdichado algunas horas antes de su muerte.