—Por desgracia, mis noticias son posteriores—dijo—. Después de escrito esto, le atacó una apoplejía fulminante, y está muy grave... muy grave.
—¡Jesús del alma!... ¡Virgen de Regla!—exclamó la madre; y clavando su mano en el brazo del cura e hincándole los ojos en la cara, le preguntó con los labios blancos:
—¿Y se ha confesado?... ¿Sabe usted si se ha confesado?
El cura no respondió, y ella volvió a repetir la pregunta, sacudiéndole el brazo.
—¡Su alma, señor cura, su alma sobre todo!—exclamaba con angustia que hubiera roto un corazón de piedra.
Preciso fue decirle que nada se sabía de aquello, y ella dominó de repente su dolor, poniéndose a dar órdenes para marchar a Madrid aquel mismo día, en aquel mismo momento; órdenes secas, lacónicas, terminantes, crujidos de su dolor inmenso que aguijoneaba la impaciencia... El correo pasaba a las cuatro, y necesitaban dos horas de coche para llegar a la primera estación de la vía férrea. Enrique vendría con ella; Pedro, a un gesto de su madre, corrió al parador a encargar un coche; las criadas salieron a disponer las maletas; Luisito, el chiquitín, comenzó a llorar; su madre le besó en la frente.
—No llores—le dijo.
Ella no derramaba una lágrima: asustado el cura, quería detenerla.
—Pero si no alcanza usted el tren—le decía.