—Se pone un especial.

—Eso cuesta muy caro.

—Tengo diez mil reales en casa... Y si no, se vende todo... Se pide limosna.

—Pero, señora, espere usted...

—¿Y su alma, señor cura, y su alma?—gritaba ella con los ojos muy abiertos—. ¿Acaso esperará la muerte?... ¡Y estará allí solo..., solo, el hijo de mi vida, sin su madre que le haga confesar, que le ayude a bien morir si Dios le llama, que le cierre los ojos y le acueste en la tierra!...

Volvió Perico demudado, temblándole las manitas, queriendo sonreír y no pudiendo... La voz le faltaba: no había llegado al parador. ¿A qué correr tras la desdicha, si salía al encuentro la esperanza?... En el camino habíale dicho Martín Romero que él tenía noticias que Juanito estaba mejor, casi bien del todo...

—¿Lo ve usted?... ¿Lo ve usted?—gritó la madre triunfante.

Y tuvo una explosión de alegría formidable, rompiendo a reír violentamente y entrecortando su risa con profundos sollozos sin lágrimas.

El cura se apresuró a desmentir aquella falsa nueva, hija de una compasión estúpida, y preciso fue ya decirle de una vez que su hijo había muerto... Pero el cura se detuvo allí espantado y no tuvo valor para decirle cómo ni cuándo.