—¡Falso, falsísimo!—gritó Jacobo riendo—. Ni tú has nacido pobre, ni...

—No lo soy de nacimiento, pero lo soy por enfermedad.

—Pues júntate conmigo: el constipado que tú me sueltes rechazará al que yo te suelte a ti... Ya sabes, querido: similia similibus curantur.

—¿Y qué has hecho entonces en Constantinopla, embajadorcillo?... Yo creí que te traerías hasta las barbas del Sultán.

Jacobo levantó a la altura de las narices de Diógenes su exiguo equipaje, diciendo como Simónides:

Omnes divitiae sunt mecum!

—¡Honrado plenipotenciario!—exclamó Diógenes—. Quien no te conozca que te compre: ya habrás dejado el botín en la estación, farsante... ¿De dónde vienes ahora?

—De Génova... Y tú ¿qué haces aquí?

—Pasar la pena negra, chico... Anoche me desplumó una sota: cinco mil francos se llevó de un golpe.

—¿Pero es posible?... ¿Todavía dura la afición?... Yo creí que te habías cortado la coleta.