—Hasta que me entierren, chico, hasta que me entierren... Ya te darás una vuelta por el Petit-Club; se juega gordo... Anoche ese guacamayo de Ponoski hizo un copo de dos mil luises.

—¿Está aquí Ponoski?... Con gusto le vería, pero me voy mañana.

—¿Mañana?... ¿Y adónde demonios vas?

—A Madrid.

—¿A Madrid?... ¡Polaina!... ¿A que te peguen un balazo?...

—¡Chico, chico!... ¿Se reparte por allí eso?...

—¿Pues de dónde sales tú, embajadorcillo?... ¿No has visto los partes?... Hoy por la mañana se ha largado Amadeo a Lisboa, diciendo: «Ahí queda eso.» Y a estas horas Figuerillas y el lorito de don Emilio estarán barriendo las calles de Madrid a cañonazos para instalar decentemente la República... Te desbancaron, chico, te desbancaron...

Quedóse Jacobo estupefacto al oír tales noticias, y cogiendo a Diógenes por un brazo, exclamó muy inmutado, como si aquella inesperada catástrofe política tuviera para él gran importancia:

—¿Pero qué estás diciendo?... ¡Eso es imposible!

—¡Polaina!... Ven acá y te lo dirá quien lo sabe. Ayer presentó el italiano su renuncia a las Cortes, y una hora después estaba aceptada... Hoy ha salido para Lisboa a las seis, y a estas horas estará ardiendo Madrid por todos los cuatro costados... Más de veinte telegramas hay ya en el Grand Hôtel pidiendo cuartos.