El timbre eléctrico que anuncia aux hommes d'équipes la llegada de nuevos viajeros, comenzó a repicar en aquel instante, y, a poco, llegó Gorito Sardona, muy conmovido, anunciando que la señora de López Moreno se apeaba en aquel momento en el Grand Hôtel, que venía de Madrid, y que a poco más la asesinan en el camino.

—¡Trae una oreja colgando!—añadió tirándose de una suya.

Horrorizóse la concurrencia, y todos salieron a su encuentro deseosos de ver a la banquera desorejada. La duquesa, sin embargo, temiendo sin duda que trasladase esta a sus orejas las famosas hipotecas que sobre sus tierras tenía, quiso escurrirse por la sala de lectura, con tan mala suerte, que fue a toparse en el patio mismo con la López Moreno, su hija Lucy, dos doncellas, un criado, diecisiete baúles y número ilimitado de cajas y sombrereras. La banquera llegaba pálida y abatida, y tenía, en efecto, ensangrentado el lóbulo de la oreja izquierda.

Al verse cogida la duquesa, salió al encuentro de la López Moreno, exclamando muy cariñosa:

—¡Pero, Ramona!... ¿Cómo no me ha avisado usted?

—¿Avisar?—exclamó con espanto la López Moreno—. ¡Gracias que llego con vida!... ¡Qué viaje, duquesa, qué viaje!... En el camino a poco más me asesinan... ¡Nací ayer!... ¡Un milagro, un milagro!

—¡Qué horror!—exclamó la duquesa.

Y mirando en torno suyo, con la esperanza de que el prodigio divino no hubiera alcanzado también al señor López Moreno, añadió:

—Pero ¿dónde está su marido de usted?... ¿No viene?...

La tierna esposa hizo otro gesto de espanto y contestó sin enternecerse demasiado: