—¡En Matapuerca está..., si es que vive!...

—¿En Matapuerca?—exclamó Diógenes—. ¡No puede ser!... Será en Matapuerco...

—No, no; en Matapuerca—replicó la López Moreno sin comprender la pulla del viejo.

Y rodeada de todos los españoles, que atraídos por la curiosidad iban poco a poco acudiendo, la voluminosa señora comenzó el relato de sus infortunios... De aquella hecha se llevaba la trampa a la España entera; la gente se escapaba de Madrid a bandadas, y no parecía sino que la trompeta del Juicio Final había sonado en la corte.

—¡Me alegro!—exclamó Diógenes—. A esa trompetita estoy yo aguardando... ¡Qué cosas han de saberse cuando diga el ángel: cada peso duro con su dueño, y cada hijo con su padre!...

La duquesa le hizo callar de un abanicazo, y la López Moreno, llena de satisfacción al verse objeto del interés de todos, continuó el relato de su susto, un susto atroz, una barbaridad de susto... El tren traía cuarenta y dos coches atestados de gente que iba a Biarritz, a San Juan de Luz, a Bayona, a cualquiera parte, con tal de pasar la frontera. En Vitoria añadieron otra máquina y entraron cuatro compañías del Regimiento de Luchana. ¡Malo!... Por la noche todo fue bien, pero al llegar a Alsasua, ¡Virgen Santísima!... ¡Los carlistas! Y de pronto, ¡prurrruumm! ¡Una descarga atroz!...

—Pero, de repente, hija, de repente, sin avisar siquiera, sin decir agua va: nada, nada, nada. ¡Prurrruumm! caiga el que caiga... La tropa, ¡claro está!, contesta ¡prurrruumm! otra descarga. Yo, muerta, Lucy, muerta debajo del asiento, sin resollar siquiera, y ¡prurrruumm! arriba, ¡prurrruumm! abajo; hora y media de tiritos... De pronto, se abre la ventanilla, entra una mano, me arranca una oreja y se va...

—¡Qué atrocidad!—exclamaron todos. Y Gorito Sardona, con su guasona formalidad, añadió:

—¿Pensarían hacer una chuleta?...

—No, señor—replicó la víctima algún tanto ofendida—. Lo que pensaron fue llevarse un brillante de quinientos duros que traía en ella, y se lo llevaron en efecto... Decían luego que fue un pillete de la estación, pero a mí no me quita nadie de la cabeza que fue el cura Santa Cruz... Como que esto era en mitad del túnel, a oscuras, y en la pared de enfrente vi yo la sombra del sombrero de teja...