—¡Qué barbaridad!...
—¿Pero usted vio a los carlistas?...
—¿Que si los vi?... Al salir del túnel, en un altito había un montón de ellos, y en medio uno con entorchados, que era don Carlos... Lucy decía que no, pero yo creo que sí. Uno chiquitillo, bizco, con barba rubia, picado de viruelas, que nos hizo con el puño así...
Y la señora de López Moreno enarbolaba el suyo robustísimo, con gesto horrible de amenaza.
—¡Pero si don Carlos es muy alto, moreno, con barba negra!... Yo le conocí en Vevey...
—Pues vendría disfrazado; no es tan difícil teñirse la barba de rubio.
—Pero es imposible, teniendo dos metros de largo, encogerse hasta tener la mitad.
—Podrá ser que me equivoque, pero lo dudo—replicó la López Moreno, que no renunciaba fácilmente a la honra de haber sido amenazada por un puño real.
El general Pastor oíalo todo complacidísimo, viendo en aquella catástrofe los primeros truenos de la terrible tempestad que comenzaba a desencadenarse en España. De aquel caos había de salir la Restauración, y la política del partido dirigía, por lo tanto, todos sus esfuerzos a excitar y mantener el desorden. Una palabra imprudente del general reveló a los más avisados que estaba bien al tanto de aquellos manejos: preguntó a la señora de López Moreno si, al salir ella de Madrid, no se decía nada en la corte de levantamientos socialistas en Andalucía.