—¿Y me lo dice usted a mí?—exclamó la banquera con enérgica ira—. ¿Pues no saben ustedes lo de Matapuerca?...
—¡Ay, por Dios, señora!—la interrumpió Currita con toda su aristocrática impertinencia—. ¿No podría ser Mata... cualquiera otra cosa?
—¡Pero si se llama Matapuerca!... Es una dehesa magnífica en la provincia de Extremadura, de más de tres mil aranzadas, con veintisiete caseríos... En fin, un pequeño reino... Era de los frailes Agustinos, y mi marido lo compró cuando lo de Mendizábal...
Currita hizo un gesto de resignación pacientísima, y preguntó:
—¿Y qué ha sucedido en el pequeño reino de Mata... esos animalitos?...
—Pues nada, ¡una friolera!... Que en cuanto proclamaron la República, invadió la dehesa una horda de aquellos bandidos, asesinaron al aperador y a tres guardas, y se repartieron las tierras. López Moreno salió para allá corriendo, y estoy inquietísima... No sé lo que va a hacer...
—¿Pues qué ha de hacer?—exclamó Diógenes—. ¡Polaina! Lo que hicieron los frailes Agustinos cuando su marido de usted y Mendizábal les quitaron la dehesa... ¡Tener paciencia!... A cada puerco le llega su San Martín, doña Ramona; figúrese usted si no le llegará también en Matapuerca... Amigo, ¡los socialistas, los socialistas!... Esos han aprendido lógica; ahí tiene usted los nuevos desamortizadores.
La López Moreno iba a contestar muy picada, pero el general Pastor, frotándose las manos de júbilo, la contuvo, diciendo: