por ponerle en sosiego el pecho airado,
muchos casos futuros le presenta:
del hado las entrañas revolviendo,
de esta manera al fin le está diciendo:
«No temáis, dulce hija y bella diosa,
algún peligro a vuestros Lusitanos,
ni que pueda conmigo alguna cosa
más que esos vuestros ojos soberanos:
por ellos os prometo, Dione hermosa,
que en olvido veáis griegos y romanos