A un valle ameno que los montes hiende

vienen las claras aguas a juntarse,

donde una mesa hacen que se extiende

tan bella, cuanto puede imaginarse:

el frutal sobre el agua se desciende

como quien pronto está para afeitarse,

viéndose en el cristal resplandeciente

que en sí lo está pintando propiamente.

Mil árboles al cielo están subiendo

con frutos odoríferos y bellos: