Lo segundo porque no habla aquí Dios de lo que toca á esta fe, es porque quiere que este negocio de honestidad y limpieza lo tengan las mujeres tan asentado en su pecho, que ni aun piensen que puede ser lo contrario. Y como dicen de Solón, el que dió leyes á los atenienses, que señalando para cada maleficio sus penas, no puso castigo para el que diese muerte á su padre, ni hizo memoria deste delito, porque dijo que no convenía que tuviesen por posible los hombres, ni por acontecedero, un mal semejante; así por la misma razón no trata aquí Dios con la casada que sea honesta y fiel, porque no quiere que le pase aun por la imaginación que es posible ser mala. Porque, si va á decir la verdad, ramo de deshonestidad es en la mujer casta el pensar que puede no serlo, ó que en serlo hace algo que le deba ser agradescido. Que como á las aves les es naturaleza el volar, así las casadas han de tener por dote natural, en que no puede haber quiebra, el ser buenas y honestas, y han de estar persuadidas que lo contrario es suceso aborrescible y de desventura y hecho monstruoso, ó por mejor decir, no han de imaginar que puede suceder lo contrario más que ser el fuego frío ó la nieve caliente. Entendiendo que el quebrar la mujer á su marido la fe es perder las estrellas su luz, y caerse los cielos, y quebrantar sus leyes la naturaleza, y volverse todo en aquella confusión antigua y primera.

Ni tampoco ha de ser esto, como algunas lo piensan, que con guardar el cuerpo entero al marido, en lo que toca á las pláticas y á otros ademanes y obrecillas menudas se tienen por libres; porque no es honesta la que no lo es y parece. Y cuanto está lejos del mal, tanto de la imagen ó semeja dél ha de estar apartada. Porque, como dijo bien un poeta latino, aquella sola es casta en quien ni la fama mintiendo osa poner mala nota. Y cierto, como al que se pone en el camino de Santiago, aunque á Santiago no llegue, ya le llamamos romero; así sin duda es principiada ramera la que se toma licencia para tratar destas cosas, que son el camino. Pero si no es esto, ¿qué confianza es la de que Dios habla en este lugar? En lo que luego dice se entiende, porque añade: «No le harán mengua los despojos.»

Llama despojos lo que en español llamamos alhajas y aderezo de casa, como algunos entienden, ó como tengo por más cierto, llama despojos las ganancias que se adquieren por vía de mercancías. Porque se ha de entender que los hombres hacen renta y se sustentan y viven ó de la labranza del campo ó del trato ó contratación con otros hombres.

La primera manera de renta es ganancia inocente y santa ganancia, porque es puramente natural, así porque en ella el hombre come de su trabajo, sin que dañe ni injurie, ni traiga á costa ó menoscabo á ninguno, como también porque en la manera como á las madres es natural mantener con leche á los niños que engendran, y aun á ellos mismos, guiados por su inclinación, les es también natural el acudir luego á los pechos; así nuestra naturaleza nos lleva é inclina á sacar de la tierra, que es madre y engendradora nuestra común, lo que conviene para nuestro sustento.

La otra ganancia y manera de adquirir, que saca fruto y se enriquesce de las haciendas ajenas, ó con voluntad de sus dueños, como hacen los mercaderes y los maestros y artífices de otros oficios, que venden sus obras, ó por fuerza y sin voluntad, como acontesce en la guerra, es ganancia poco natural y adonde las más veces interviene alguna parte de injusticia y de fuerza, y ordinariamente dan con disgusto y desabrimiento aquello que dan las personas con quien se granjea. Por lo cual, todo lo que en esta manera se gana es en este lugar llamado despojos por conveniente razón. Porque de lo que el mercader hinche su casa, el otro que contrata con él queda vacío y despojado, y aunque no por vía de guerra, pero como en guerra, y no siempre muy justa.

Pues dice ahora el Espíritu Santo que la primera parte y la primera obra con que la mujer casada se perficiona, es con hacer á su marido confiado y seguro que teniéndola á ella, para tener su casa abastada y rica no tiene necesidad de correr la mar, ni de ir á la guerra, ni de dar sus dineros á logro, ni de enredarse en tratos viles é injustos, sino que con labrar él sus heredades, cogiendo su fruto, y con tenerla á ella por guarda y por beneficiadora de lo cogido, tiene riqueza bastante. Y que pertenezca al oficio de la casada, y que sea parte de su perfección aquesta guarda é industria, demás de que el Espíritu Santo lo enseña, también lo demuestra la razón. Porque cierto es que la naturaleza ordenó que se casasen los hombres, no sólo para fin que se perpetuasen en los hijos el linaje y nombre dellos, sino también á propósito de que ellos mismos en sí y en sus personas se conservasen; lo cual no les era posible, ni al hombre solo por sí, ni á la mujer sin el hombre; porque para vivir no basta ganar hacienda, si lo que se gana no se guarda; que si lo que se adquiere se pierde, es como si no se adquiriese. Y el hombre que tiene fuerzas para desvolver la tierra y para romper el campo, y para discurrir por el mundo y contratar con los hombres, negociando su hacienda, no puede asistir á su casa, á la guarda della, ni lo lleva su condición; y al revés la mujer, que por ser de natural flaco y frío, es inclinada al sosiego y á la escasez, y es buena para guardar, por la misma causa no es buena para el sudor y trabajo del adquirir. Y así, la naturaleza, en todo proveída, los ayuntó, para que, prestando cada uno dellos al otro su condición, se conservasen juntos los que no se pudieran conservar apartados. Y de inclinaciones tan diferentes, con arte maravillosa, y como se hace en la música, con diversas cuerdas hizo una provechosa y dulce armonía, para que cuando el marido estuviere en el campo la mujer asista á la casa, y conserve y endure el uno lo que el otro cogiere. Por donde dice bien un poeta que los fundamentos de la casa son la mujer y el buey: el buey para que are, y la mujer para que guarde. Por manera que su misma naturaleza hace que sea de la mujer este oficio, y la obliga á esta virtud y parte de su perfección, como á parte principal y de importancia. Lo cual se conosce por los buenos y muchos efectos que hace; de los cuales es uno el que pone aquí Salomón cuando dice que confía en ella el corazón de su marido, y que no le harán mengua los despojos. Que es decir que con ella se contenta con la hacienda que heredó de sus padres, y con la labranza y frutos della, y que ni se adeuda, ni menos se enlaza con el peligro y desasosiego de otras granjerías y tratos, que por doquiera que se mire, es grandísimo bien. Porque, si vamos á consciencia, vivir uno de su patrimonio es vida inocente y sin pecado, y los demás tratos por maravilla carecen dél. Si al sosiego, el uno descansa en su casa, el otro lo más de la vida en los mesones y en los caminos. La riqueza del uno no ofende á nadie, la del otro es murmurada y aborrescida de todos. El uno come de la tierra, que jamás se cansa ni enoja de comunicarnos sus bienes; al otro desámanle esos mismos que le enriquescen.

Pues si miramos la honra, cierto es que no hay cosa ni más vil, ni más indigna del hombre que el engañar y el mentir, y cierto es que por maravilla hay trato destos que carezca de engaño. ¿Qué diré de la institución de los hijos, y de la orden de la familia, y de la buena disposición del cuerpo y del ánimo, sino que todo va por la misma manera? Porque necesaria cosa es que quien anda ausente de su casa halle en ella muchos desconciertos, que nascen y crescen y toman fuerzas con la ausencia del dueño; y forzoso es, á quien trata de engañar, que le engañen, y que á quien contrata y se comunica con gentes de ingenio y de costumbres diversas, se le apeguen muchas malas costumbres. Mas al revés, la vida del campo y el labrar uno sus heredades es una como escuela de inocencia y verdad; porque cada uno aprende de aquellos con quien negocia y conversa. Y como la tierra en lo que se le encomienda es fiel, y en el no mudarse es estable y clara, y abierta en brotar afuera y sacar á luz sus riquezas, y para bien hacer liberal y abastecida; así parece que engendra é imprime en los pechos de los que la labran una bondad particular y una manera de condición sencilla, y un trato verdadero y fiel y lleno de entereza y de buenas y antiguas costumbres, cual se halla con dificultad en las demás suertes de hombres. Allende de que los cría sanos y valientes y alegres y dispuestos para cualquier linaje de bien. Y de todos estos provechos, la raíz de donde nascen y en que se sustentan es la buena guarda é industria de la mujer que decimos.

Mas es de ver en qué consiste esta guarda. Consiste en dos cosas: en que no sea costosa, y en que sea hacendosa. Y digamos de cada una por sí. No ha de ser costosa ni gastadora la perfecta casada, porque no tiene para qué lo sea; porque todos los gastos que hacemos son para proveer ó á la necesidad ó al deleite; para remediar las faltas naturales con que nascemos de hambre ó desnudez, ó para bastecer á los particulares antojos y sabores que nosotros nos hacemos por nuestro vicio. Pues á las mujeres en lo uno la naturaleza les puso muy grande tasa, y en lo otro las obligó á que ellas mismas se la pusiesen. Que, si decimos verdad y miramos lo natural, las faltas y necesidades de las mujeres son mucho menores que las de los hombres; porque lo que toca al comer, es poco lo que les basta, por razón de tener menos calor natural. Y así es en ellas muy feo ser golosas ó comedoras. Y ni más ni menos, cuanto toca al vestir, la naturaleza las hizo por una parte ociosas, para que rompiesen poco, y por otra aseadas, para que lo poco les luciese mucho. Y las que piensan que á fuerza de posturas y vestidos han de hacerse hermosas, viven muy engañadas, porque la que lo es, revuelta lo es, y la que no, de ninguna manera lo es, ni lo parece, y cuando más se atavía es más fea. Mayormente que la buena casada, de quien vamos tratando, cualquiera que ella sea, fea ó hermosa, no ha de querer parecer otra de lo que es, como se dirá en su lugar. Así que, cuanto á lo necesario, la naturaleza libró de mucha costa á las mujeres, y cuanto al deleite y antojo, las ató con muy estrechas obligaciones para que no fuesen costosas. Y una dellas es el encogimiento y modestia y templanza que deben á su natural; que aunque el desorden y demasía, y el dar larga rienda al vano y no necesario deseo, es vituperable en todo linaje de gentes, en el de las mujeres, que nascieron para sujeción y humildad, es mucho más vicioso y vituperable. Y con ser esto así, no sé en qué manera acontece que cuanto son más obligadas á tener este freno, tanto, cuando le rompen, se desenfrenan más que los hombres y pasan la raya mucho más, y no tiene tasa ni fin su apetito. Y así, sea esta la segunda causa que las obliga á ser muy templadas en los gastos de sus antojos, porque si comienzan á destemplarse, se destemplan sin término, y son como un pozo sin suelo, que nada les basta, y como una carcoma, que de continuo roe, y como una llama encubierta, que se enciende sin sentir por la casa y por la hacienda, hasta que la consume. Porque no es gasto de un día el suyo, sino de cada día; ni costa que se hace una vez en la vida, sino que dura por toda ella; ni son, como suelen decir, muchos pocos, sino muchos y muchos. Porque, si dan en golosear, toda la vida es el almuerzo y la merienda y la huerta y la comadre y el día bueno; y si dan en galas, pasa el negocio de pasión, y llega á increíble desatino y locura; porque hoy un vestido y mañana otro, y cada fiesta con el suyo; y lo que hoy hacen, mañana lo deshacen, y cuanto ven, tanto se les antoja. Y aun pasa más adelante el furor, porque se hacen maestras é inventoras de nuevas invenciones y trajes, y hacen honra de sacar á luz lo que nunca fué visto. Y como todos los maestros gusten de tener discípulos que los imiten, ellas son tan perdidas, que en viendo en otras sus invenciones, las aborrecen, y estudian y se desvelan por hacer otras. Y cresce la frenesía más, y ya no les place tanto lo galano y hermoso como lo costoso y preciado, y ha de venir la tela de no sé dónde, y el brocado de más altos[27], y el ámbar, que bañe el guante y la cuera[28], y aun hasta el zapato, el cual ha de relucir en oro también, como el tocado, y el manteo ha de ser más bordado que la basquiña; y todo nuevo y todo reciente y todo hecho de ayer, para vestirlo hoy y arrojarlo mañana. Y como los caballos desbocados, cuando toman el freno, cuanto más corren, tanto van más desapoderados, y como la piedra que cae de lo alto, cuanto más desciende, tanto más se apresura; así la sed destas crece en ellas con el beber, y un gran desatino y exceso que hacen les es principio de otro mayor, y cuanto más gastan, tanto les aplace más el gastar.

Y aún hay en ello otro daño muy grande, que los hombres, si les acontece ser gastadores, las más veces lo son en cosas, aunque no necesarias, pero duraderas ó honrosas, ó que tienen alguna parte de utilidad y provecho, como los que edifican suntuosamente y los que mantienen grande familia, ó como los que gustan de tener muchos caballos; mas el gasto de las mujeres es todo en el aire; el gasto muy grande, y aquello en que se gasta, ni vale ni luce. En volantes y en guantes, y en pebetes[29] y cazoletas[30], y azabaches y vidrios y musarañas, y en otras cosillas de la tienda, que ni se pueden ver sin asco, ni menear sin hedor. Y muchas veces no gasta tanto un letrado en sus libros, como alguna dama en enrubiar los cabellos.

Dios nos libre de tan grande perdición; y no quiero ponerlo todo á su culpa, que no soy tan injusto; que grande parte de aquesto nasce de la mala paciencia de sus maridos. Y pasara yo agora la pluma á decir algo dellos, si no me detuviera la compasión que les he, porque si tienen culpa, pagan la pena della con las setenas. Pues no sea la perfecta casada costosa, ni ponga la honra en gastar más que su vecina, sino tenga su casa más bien abastada que ella y más reparada, y haga con su aliño y aseo que el vestido antiguo le esté como nuevo, y que con la limpieza, cualquiera cosa que se pusiere le parezca muy bien, y el traje usado y común cobre de su aseo della no usado ni común parecer. Porque el gastar en la mujer es contrario de su oficio, y demasiado para su necesidad, y para los antojos vicioso y muy torpe, y negocio infinito que asuela las casas y empobrece á los moradores, y los enlaza en mil trampas, y los abate y envilece por diferentes maneras; y á este mismo propósito es y pertenece lo que se sigue.