Mas veamos por qué causa el Espíritu Santo á la buena mujer la llama mujer de valor, y después veremos con cuánta propiedad la compara y antepone á las piedras preciosas. Lo que aquí decimos mujer de valor, y pudiéramos decir mujer varonil, como Sócrates, acerca de Jenofón[24], llama á las casadas perfectas; así que esto decimos varonil ó valor, en el original es una palabra de grande significación y fuerza, y tal, que apenas con muchas muestras se alcanza todo lo que significa. Quiere decir virtud de ánimo y fortaleza de corazón, industria y riquezas y poder y aventajamiento; y finalmente, un sér perfecto y cabal en aquellas cosas á quien esta palabra se aplica; y todo esto atesora en sí la que es buena mujer, y no lo es si no lo atesora. Y para que entendamos que es esto verdad, la nombra el Espíritu Santo con este nombre, que encierra en sí tanta variedad de tesoro. Porque, como la mujer sea de su natural flaca y deleznable más que ningún otro animal, y de su costumbre é ingenio una cosa quebradiza y melindrosa; y como la vida casada sea vida sujeta á muchos peligros, y donde se ofrecen cada día trabajos y dificultades muy grandes, y vida ocasionada á continuos desabrimientos y enojos, y como dice San Pablo[25], vida adonde anda el ánimo y el corazón dividido y como enajenado de sí, acudiendo ahora al marido, ahora á los hijos, ahora á la familia y hacienda; para que tanta flaqueza salga con victoria de contienda tan dificultosa y tan larga menester es que la que ha de ser buena casada esté cercada de un tan noble escuadrón de virtudes, como son las virtudes que habemos dicho y las que en sí abraza la propiedad de aquel nombre. Porque lo que es harto para que un hombre salga bien con el negocio que emprende, no es bastante para que una mujer responda como debe á su oficio; y cuanto el sujeto es más flaco, tanto para arribar con una carga pesada tiene necesidad de mayor ayuda y favor. Y como cuando en una materia dura y que no se rinde al hierro ni al arte, vemos una figura perfectamente esculpida, decimos y conocemos que era perfecto y extremado en su oficio el artífice que la hizo, y que con la ventaja de su artificio venció la dureza no domable del sujeto duro; así, y por la misma manera, el mostrarse una mujer la que debe entre tantas ocasiones y dificultades de vida, siendo de suyo tan flaca, es clara señal de un caudal de rarísima y casi heroica virtud. Y es argumento evidente que cuanto en la naturaleza es más flaca, tanto en valor del ánimo y en su virtud es mayor y más aventajada. Y esta misma es la causa también por donde, como lo vemos por la experiencia y como la historia nos lo enseña en no pocos ejemplos, cuando alguna mujer acierta á señalarse en algo de lo que es de loor, vence en ello á muchos hombres de los que se dan á lo mismo. Porque cosa de tan poco ser como es esto que llamamos mujer, nunca ni emprende ni alcanza cosa de valor ni de ser, sino es porque la inclina á ello y la despierta y alienta alguna fuerza de increíble virtud que ó el cielo ha puesto en su alma ó algún don de Dios singular. Que pues vence su natural, y sale, como río, de madre, debemos necesariamente entender que tiene en sí grandes acogidas de bien. Por manera que con grandísima verdad y significación de loor el Espíritu Santo, á la mujer buena no la llamó como quiera buena, ni dijo ó preguntó: ¿Quién hallará una buena mujer?, sino llamóla mujer de valor, y usó en ello de una palabra tan rica y tan significante, como es la original que dijimos, para decirnos que la mujer buena es más que buena, y que esto que nombramos bueno, es una medianía de hablar que no allega á aquello excelente que ha de tener y tiene en sí la buena mujer; y que para que un hombre sea bueno le basta un bien mediano, mas en la mujer ha de ser negocio de muchos y muy subidos quilates, porque no es obra de cualquier oficial, ni lance ordinario, ni bien que se halla adoquiera, sino artificio primo[26] y bien incomparable, ó por mejor decir, un amontonamiento de riquísimos bienes. Y este es el primer loor que le da el Espíritu Santo, y con este viene como nascido el segundo, que es compararla á las piedras preciosas. En lo cual, como en una palabra, acaba de decir cabalmente todo lo que en esto de que vamos hablando se encierra. Porque, así como el valor de la piedra preciosa es de subido y extraordinario valor, así el bien de una mujer buena tiene subidos quilates de virtud; y como la piedra preciosa en sí es poca cosa, y por la grandeza de la virtud secreta cobra gran precio, así lo que en el sujeto flaco de la mujer pone estima de bien, es grande y raro bien; y como en las piedras preciosas la que no es muy fina no es buena, así en las mujeres no hay medianía, ni es buena la que no es más que buena; y de la misma manera que es rico un hombre que tiene una preciosa esmeralda ó un rico diamante, aunque no tenga otra cosa, y el poseer estas piedras no es poseer una piedra, sino poseer en ella un tesoro abreviado; así una buena mujer no es una mujer, sino un montón de riquezas, y quien la posee es rico con ella sola, y sola ella le puede hacer bienaventurado y dichoso; y del modo que la piedra preciosa se trae en los dedos y se pone delante los ojos, y se asienta sobre la cabeza para hermosura y honra della, y el dueño tiene allí juntamente arreo en la alegría y socorro en la necesidad; ni más ni menos á la buena mujer el marido la ha de querer más que á sus ojos y la ha de traer sobre su cabeza, y el mejor lugar del corazón dél ha de ser suyo, ó por mejor decir, todo su corazón y su alma, y ha de entender que en tenerla tiene un tesoro general para todas las diferencias de tiempos, y que es varilla de virtud, como dicen, que en toda sazón y coyuntura responderá con su gusto y le henchirá su deseo, y que en la alegría tiene en ella compañía dulce con quien acrecentará su gozo, comunicándolo, y en la tristeza amoroso consuelo, y en las dudas consejo fiel, y en los trabajos regalo, y en las faltas socorro, y medicina en las enfermedades, acrescentamiento para su hacienda, guarda de su casa, maestra de sus hijos, provisora de sus excesos; y finalmente, en las veras y burlas, en lo próspero y adverso, en la edad florida y en la vejez cansada, y por el proceso de toda la vida, dulce amor y paz y descanso.
Hasta aquí llegan las alabanzas que da Dios á aquesta mujer; veamos ahora lo que después desto se sigue.
III
QUÉ CONFIANZA HA DE ENGENDRAR LA BUENA MUJER EN EL PECHO DEL MARIDO, Y DE CÓMO PERTENECE AL OFICIO DE LA CASADA LA GUARDA DE LA HACIENDA, QUE CONSISTE EN QUE NO SEA GASTADORA.
Confía en ella el corazón de su marido,
no le harán mengua los despojos.
PROVERBIOS
Después que ha propuesto el sujeto de su razón, y nos ha aficionado á él, alabándolo, comienza á especificar las buenas partes dél, y aquello de que se compone y perficiona, para que asentando los pies las mujeres en aquestas pisadas y siguiendo estos pasos, lleguen á lo que es una perfecta casada. Y porque la perfección del hombre, en cualquier estado suyo, consiste principalmente en el bien obrar, por eso el Espíritu Santo no pone aquí por partes de esta perfección de que habla sino solamente las obras loables á que está obligada la casada que pretende ser buena; y la primera es, que ha de engendrar en el corazón de su marido una gran confianza; pero es de ver cuál sea y de qué esta confianza que dice; porque pensarán algunos que es la confianza que ha de tener el marido de su mujer, que es honesta; y aunque es verdad que con su bondad la mujer ha de alcanzar de su marido esta buena opinión, pero á mi parecer, el Espíritu Santo no trata aquí de ello, y la razón por qué no lo trata es justísima: lo primero, porque su intento es componernos aquí una casada perfecta, y el ser honesta una mujer no se cuenta, ni debe contar, entre las partes de que esta perfección se compone, sino antes es como el sujeto sobre el cual todo este edificio se funda, y para decirlo en una palabra, es como el sér y la sustancia de la casada; porque si no tiene esto, no es ya mujer, sino alevosa ramera y vilísimo cieno y basura la más hedionda de todas y la más despreciada. Y como en el hombre, ser dotado de entendimiento y razón, no pone en él loa, porque tenerlo es su propia naturaleza, mas si le faltase por caso, el faltarle pondría en él mengua grandísima; así la mujer no es tan loable por ser honesta, cuanto es torpe y abominable si no lo es. De manera que el Espíritu Santo en este lugar no dice á la mujer que sea honesta, sino presupone que ya lo es, y á la que así es, en señal de lo que le falta y lo que ha de añadir para ser acabada y perfecta. Porque, como arriba dijimos, esto todo que aquí se refiere es como hacer un retrato ó pintura, adonde el pintor no hace la tabla, sino en la tabla que le ofrecen y dan pone él los perfiles é induce después los colores, y levantando en sus lugares las luces y bajando las sombras adonde conviene, trae á debida perfección su figura. Y por la misma manera Dios, en la honestidad de la mujer, que es como la tabla, la cual presupone por hecha y derecha, añade ricas colores de virtud, todas aquellas que son necesarias para acabar una tan hermosa pintura. Y sea esto lo primero.