»en oro reluciente, y rodeado
»de traje barbaresco y peregrino.
»Amó, y partióse así, llevando hurtada
»á quien también le amaba, al monte de Ida,
»estando Menelao de casa ausente.
»¡Oh belleza adúltera! El aderezo bárbaro trastornó á toda Grecia. Á la honestidad de Lacedemonia corrompió la vestidura, la policía y el rostro. El ornamento excesivo y peregrino hizo ramera á la hija de Júpiter.
»Mas en aquellos no fué gran maravilla, que no tuvieron maestro que les cercenase los deseos viciosos, ni menos quien les dijese: «No fornicarás, ni desearás fornicar;» que es decir: No caminarás al fornicio[93] con el deseo, ni encenderás su apetito con el afeite, ni con el exceso del aderezo demasiado.»
Hasta aquí son palabras de San Clemente. Y Tertuliano, varón doctísimo y vecino á los apóstoles, dice[94]:
«Vosotras tenéis obligación de agradar á solos vuestros maridos. Tanto más los agradaréis á ellos, cuanto menos procuráredes parecer bien á los otros. Estad seguras. Ninguna á su marido le es fea; cuando la escogió se agradó porque ó sus costumbres ó su figura se la hicieron amable. No piense ninguna que si se compone templadamente la aborrecerá ó desechará su marido, que todos los maridos apetecen lo casto. El marido cristiano no hace caso de la buena figura, porque no se ceba de lo que los gentiles se ceban; el gentil en ser cosa nuestra la tiene por sospechosa, por el mal que de nosotras juzga. Pues dime, tu belleza ¿para quién la aderezas, si ni el gentil la cree, ni el cristiano la pide? ¿Para qué te desentrañas por agradar al receloso ó al no deseoso? Y no digo esto por induciros á que seáis algunas desaliñadas y fieras, ni os persuado el desaseo, sino dígoos lo que pide la honestidad, el modo, el punto, la templanza con que aderezareis vuestro cuerpo. No habéis de exceder de lo que al aderezo simple y limpio se debe, de lo que agrada al Señor; porque sin duda le ofenden las que se untan con unciones de afeites el rostro, las que manchan con arrebol las mejillas, las que con hollín alcoholan los ojos; porque sin duda les desagrada lo que Dios hace, y arguyen en sí mismas de falta á la obra divina, reprehenden al Artífice que á todos nos hizo. Reprehéndenle, pues le enmiendan, pues le añaden. Que estas añadiduras tómanlas del contrario de Dios, esto es, del demonio, porque ¿quién otro será maestro de mudar la figura del cuerpo, sino el que transformó en malicia la imagen del alma? Él sin duda es el que compuso este artificio, para en nosotros poner en Dios las manos en cierta manera.
»Lo con que se nace, obra de Dios es; lo que se finge y artiza[95], obra será del demonio. Pues ¿qué maldad, á la obra de Dios sobreponer lo que ingenia el demonio? Nuestros criados no toman ni prestado de los que nos son enemigos; el buen soldado no desea mercedes del que á su capitán es contrario, que es aleve encargarse del enemigo de aquel á quien sirve, y recebir ayuda y favor de aquel malo el cristiano, si ya le llamo bien con tal nombre, si es ya Cristo. Porque más es de aquel cuyas enseñanzas aprende.