»Preciadoras de lo hermoso del rostro, y no cuidadosas de lo feo del corazón; porque sin duda, como el hierro en la cara del esclavo muestra que es fugitivo, así las floridas pinturas del rostro son señal y pregón de ramera. Porque los volantes y las diferencias de los tocados, y las invenciones del coger los cabellos, y los visajes que hacen dellos, que no tienen número, y los espejos costosos, á quien se aderezan, para cazar á los que, á manera de niños ignorantes hincan los ojos en las buenas figuras, cosas son de mujeres raídas[85], y tales, que no se engañará quien peor las nombrare, transformadoras de sus caras en máscaras.

»Dios nos avisa que no atendamos á lo que parece, sino á lo que se encubre[86]; porque es lo que se ve temporal, y lo que no, sempiterno; y ellas locamente inventan espejos, adonde, como si fuera alguna cosa loable, se vea artificiosa figura, á cuyo engaño le venía mejor la cubierta y el velo. Que, como cuenta la fábula, á Narciso no le fué útil el haber contemplado su rostro. Y si veda Moisén[87] á los hombres que no hagan alguna imagen, compitiendo en el arte con Dios, ¿cómo les será á las mujeres lícito en sus mismas caras formar nuevos gestos en revocación de lo hecho?

»Al profeta Samuel cuando Dios le envió á ungir un rey á uno de los hijos de José, paresciéndole que el más anciano dellos era hermoso y dispuesto, y queriéndole ungir, díjole Dios:

—»No mires á su rostro ni atiendas á su buena disposición de ese hombre que le tengo desechado; que el hombre mira á los ojos y Dios tiene cuenta con el corazón[88].—

»Y así, el Profeta no ungió al hermoso de cuerpo, sino consagró al hermoso de ánimo. Pues si la belleza de cuerpo, aun aquella que es natural, tiene Dios en tanto menos que la belleza del alma, ¿que juzgará de la postiza y fingida el que todo lo falso desecha y aborrece?

»En fe caminamos, y no en lo que es evidente á la vista[89]. Manifiestamente nos enseñó en Abraham el Señor que ha de menospreciar quien le siguiere la parentela, la tierra, la hacienda y riquezas y bienes visibles[90]. Hízole peregrino, y luego que despreció su natural y el bien que se veía, le llamó amigo suyo; y era Abraham noble en tierra y muy abundante en riqueza, que, como se lee[91], cuando venció á los reyes que prendieron á Lot, armó de sola su casa trescientas y diez y ocho personas.

»Sola es Ester la que hallamos[92] haberse aderezado sin culpa, porque se hermoseó con misterio y para el rey, su marido; demás de que aquella su hermosura fué rescate de toda una gente condenada á la muerte; y así, lo que se concluye de todo lo dicho es, que el afeitarse y el hermosearse, á las mujeres hace rameras y á los hombres hace afeminados, y adúlteros, como el poeta trágico lo dió bien á entender cuando dijo:

»De Frigia vino á Esparta el que juzgara,

»según lo dice el cuento de los griegos,

»las diosas; hermosísimo en vestido,