—»Demás desto, acaban á sus maridos, porque su primero y principal cuidado es el sacarles algo, y el pelar á los tristes mezquinos; esta es su obra, y todas las demás en su comparación les son accesorias. ¿Es por ventura alguna dellas pequeña?, embute los chapines de corcho; ¿es otra muy luenga?, trae una suela sencilla; y anda la cabeza metida en los hombros; y hurta esto al altor[80]; ¿es falta de carnes?, afórrase de manera que todos dicen que no hay más que pedir; ¿crece en barriga?, estréchase con fajas, como si tranzase[81] el cabello, con que va derecha y cenceña[82]; ¿sumida de vientre?, como con puntales hace la ropa adelante; ¿es bermeja de cejas?, encúbrelas con hollín; ¿es acaso morena?, anda luego el albayalde por alto; ¿es demasiadamente muy blanca?, friégase con la tez del humero; ¿tiene algo que sea hermoso?, siempre lo trae descubierto; pues que si los dientes son buenos, forzoso es que se ande riendo. Y para que vean todos que tiene gentil boca, aunque no esté alegre, todo el santo día se ríe, y trae entre los dientes siempre algún palillo de murta delgado, para que, quiera que no, en todos tiempos esté abierta la boca.—
»Esto he alegado de las letras profanas, como para remedio contra este mal artificio y deseo excesivo del afeite, porque Dios procura nuestra salud por todas las vías posibles; mas luego apretaré con las letras sagradas, que al malo público natural es apartarse de aquello en que peca, siendo reprehendido por la vergüenza que padece.
»Pues así como los ojos vendados ó la mano envuelta en emplastos, á quien lo ve hace indicio de enfermedad, así el color postizo y los afeites de fuera dan á entender que el alma en lo de dentro está enferma.
»Amonesta nuestro divino Ayo y Maestro que no lleguemos al río ajeno, figurando por el río ajeno la mujer destemplada y deshonesta, que corre para todos, y que para el deleite de todos se derrama con posturas lascivas.
—»Contiénete, dice[83], del agua ajena, y de la fuente ajena no bebas;—amonestándonos que huyamos la corriente de semejante deleite, si queremos vivir luengamente, porque el hacerlo así añade años de vida.
»Grandes vicios son los de comer y beber; pero no tan grandes, con mucha parte, como la afición excesiva del aderezo y afeite; para satisfacer el gusto, la mesa llena basta, y la taza abundante; mas á las aficionadas á los oros, á los carmesíes y á las piedras preciosas, no les es suficiente ni el oro que hay sobre la tierra ó en sus entrañas della, ni la mar de Tiro, ni lo que viene de Etiopía, ni el río Pactolo, que corre oro, ni aunque se transformen en Midas, quedarán satisfechas algunas dellas, sino pobres siempre y deseando más siempre, aparejadas á morir con el haber.
»Y si es la riqueza ciega, como de veras lo es, las que tienen puesta en ella toda su afición y sus ojos, ¿cómo no serán ciegas? Y es que, como no ponen término á su mala codicia, vienen á dar en licencia desvergonzada, porque les es necesario el teatro y la procesión y la muchedumbre de los miradores, y el vaguear por las iglesias y el detenerse en las calles para ser contempladas de todos, porque cierto es que se aderezan para contentar á los otros.
»Dice Dios, por Hieremías[84]:
—»Aunque te rodees de púrpura y te enjoyes con oro y te pintes los ojos con alcohol, vana es tu hermosura.—
»Mas ¿qué desconcierto tan grande que el caballo y el pájaro y todos los demás animales de la hierba y del prado salgan alindados cada uno con su propio aderezo, el caballo con crines, el pájaro con pinturas diversas, y todos con su color natural, y que la mujer, como de peor condición que las bestias, se tenga á sí misma en tanto grado por fea, que haya menester hermosura postiza, comprada y sobrepuesta?