»los dioses á quien sirven los gitanos.
»Tales, pues, me parecen á mí las mujeres que se visten de oro y se componen los rizos, y se untan las mejillas y se pintan los ojos y se tiñen los cabellos, y que ponen toda su mala arte en este aderezo muelle y demasiado, y que adornan este muro de carne, y hacen verdaderamente como en Egipto, para atraer á sí á los desventurados amantes. Porque si alguno levantase el velo del templo, digo si apartase las tocas, la tintura, el bordado, el oro, el afeite, esto es, el velo y la cobertura compuesta de todas aquestas cosas, por ver si hallaría dentro lo que de veras es hermoso, abominaríalas, á lo que yo entiendo, sin duda. Porque no hallara en su secreto dellas por moradora, según que era justo, á la imagen de Dios, que es lo digno de precio; mas hallara que en su lugar ocupa una fornicaria y una adúltera lo secreto del alma, y averiguara que es verdadera fiera, mona con albayalde afeitada ó sierpe engañosa, que, tragando lo que es de razón en el hombre por medio del deseo del vano aplacer, tienen el alma por cueva; adonde mezclando toda su ponzoña mortal, y rebosando el tóxico de su engaño y error, trueca á la mujer en ramera aqueste dragón alcahuete, porque el darse el afeite, de ramera es, y no de buena mujer, como claramente se ve; porque las que con esto tienen cuenta, no la tienen jamás con sus casas. Su cuenta es desenlazar las bolsas de sus maridos, y el consumirles las haciendas en sus vanos antojos, y para que testifiquen muchos que parecen hermosas, el ocuparse asentadas todos los días al arte del afeitarse con personas alquiladas á ello. Así que, procuran de guisar bien su carne, como cosa desabrida y de mala vista; y entre día por el afeite se están deshaciendo en su casa, con temor que no se les eche ver que es postiza la flor; mas venida la tarde, como de cueva, luego se hace afuera aquesta adulterada hermosura, á quien ayuda entonces, para ser tenida en algo, la embriaguez y la falta de luz. Menandro el poeta lanza de su casa á la mujer que se enrubia y dice:
»Vé fuera desta casa; que la buena
»no trata de hacer rubios los cabellos.
»Y no dice que se barnizaba la cara, ni menos que se pintaba los ojos. Mas las miserables no ven que con añadir lo postizo destruyen lo hermoso, natural y propio, y no ven que matizándose cada día, y estirándose el cuerpo y emplastándose con mezclas diversas secan el cuerpo y consumen la carne, y con el exceso de los corrosivos marchitan la flor propia, y así vienen á tornarse amarillas y á hacerse dispuestas y fáciles á que la enfermedad se las lleve, por tener con los afeites la carne que sobrepintan gastada, y vienen á deshonrar al Fabricador de los hombres, como á quien no repartió la hermosura como debía; y son con razón inútiles para cuidar por su casa, porque son como cosas pintadas, asentadas para no más de ser vistas, y no hechas para ser caseras cuidadosas. Por lo cual, aquella bien considerada mujer, acerca del poeta cómico, dice:
—»¿Qué hecho podremos hacer las mujeres que de precio sea ó de valor, pues repintándonos y enfloreciéndonos cada día, borramos de nosotras mismas la imagen de las mujeres valerosas, y no servimos sino de trastos de casa y de estropiezos para los maridos y de afrenta de nuestros hijos?—
»Y asimismo Antífanes, escritor también de comedias[77], mofa de aquesta perdición de mujeres, poniendo las palabras que convienen á lo que comúnmente todas hacen, y dice:
—»Llega, pasa, torna, no se pasa, viene, pára, límpiase, revuelve, relímpiase, péinase, sacúdese, friégase, lávase, espéjase, vístese, almízclase, aderézase, rocíase con colores, y al fin si hay algo que no, ahógase y mátase.—
»Merecedoras, no de una, sino de doscientas mil muertes, que se coloran con las freces[78] del crocodilo, y se untan con la espuma de la hediondez y que para las abéñolas[79] hacen hollín y albayalde para embarnizar las mejillas.
»Pues las que así enfadan á los poetas gentiles, la verdad, ¿cómo no las desechará y condenará? Pues Alexi, otro cómico, ¿qué dice dellas, reprendiéndolas? Que pondré lo que dijo, procurando avergonzar con la curiosidad de sus razones su desvergüenza perpetua, sino que no pudo llegar á tanto su buen decir, y verdaderamente que yo me avergonzaría, si pudiese defenderlas con alguna buena razón, de que las tratase así la comedia. Pues dice: