Porque había hablado de la piedad que deben las buenas casadas al pobre, y del cuidado que deben á la buena provisión de su gente, trata ahora del tratamiento y buen aderezo de sus mismas personas. Y llega hasta aquí la clemencia de Dios y la dulce manera de su providencia y gobierno, que desciende á tratar de su vestido de la casada, y cómo ha de aderezar y asear su persona; y condescendiendo en algo con su natural, aunque no le place el exceso, tampoco se agrada del desaliño y mal aseo, y así dice: «Púrpura y holanda es su vestido.» Que es decir que desta casada perfecta es parte también no ser en el tratamiento de su persona alguna desaliñada y remendada, sino que, como ha de ser en la administración de la hacienda granjera, y con los pobres piadosa, y con su gente no escasa; así por la misma forma á su persona la ha de traer limpia y bien tratada, aderezándola honestamente en la manera que su estado lo pide, y trayéndose conforme á su cualidad, así en lo ordinario como en lo extraordinario también. Porque la que con su buen concierto y gobierno da luz y resplandor á los demás de su casa, que ella ande deslucida en sí, ninguna razón lo permite. Pero es de saber por qué causa la vistió Salomón de holanda y de púrpura, que son las cosas de que en la ley vieja se hacía la vestidura del gran sacerdote[63]; porque sin duda tiene en sí algún grande misterio. Pues digo que quiere Dios declarar en esto á las buenas mujeres que no pongan en su persona sino lo que se puede poner en el altar, esto es, que todo su vestido y aderezo sea santo, así en la intención con que se pone como en la templanza con que se hace. Y díceles que quien les ha de vestir el cuerpo no ha de ser el pensamiento liviano, sino el buen concierto de la razón; y de la compostura secreta del ánimo ha de nascer el buen traje exterior, y que este traje no se ha de cortar á la medida del antojo ó del uso vituperable y mundano, sino conforme á lo que pide la honestidad y la vergüenza. Así que, señala aquí Dios vestido santo, para condenar lo profano. Dice púrpura y holanda, mas no dice los bordados que se usan ahora, ni los recamados, ni el oro tirado en hilos delgado. Dice vestidos, mas no dice diamantes ni rubíes. Pone lo que se puede tejer y labrar en casa, pero no las perlas que se absconden en el abismo del mar. Concede ropas, pero no permite rizos, ni encrespos ni afeites. El cuerpo se vista, pero la cabeza no se desgreñe ni se encrespe en pronóstico de su grande miseria. Y porque en esto, y señaladamente en los afeites del rostro, hay grande exceso aun en las mujeres que en lo demás son honestas; y porque es aqueste su propio lugar, bien será que digamos algo dellos aquí.

Aunque, si va á decir la verdad, yo confieso á vuestra merced, que lo que me convida á tratar desto, que es el exceso, eso mismo me pone miedo. Porque ¿quién no temerá de oponerse contra una cosa tan recibida? Ó ¿quién tendrá ánimo para osar persuadirles á las mujeres á que quieran parecer lo que son? Ó ¿qué razón sanará la ponzoña del solimán? Y no sólo es dificultoso este tratado, pero es peligroso también; porque luego aborrescen á quien esto les quita. Y así querer ahora quitárselo yo será despertar contra mí un escuadrón de enemigos. Mas ¿qué les va en que yo las condene, pues tienen tantos otros que las absuelven? Y si aman á aquellos que, condescendiendo con su gusto dellas, las dejan asquerosas y feas, muy más justo es que siquiera no me aborrezcan á mí, sino que me oigan con igualdad y atención; que cuanto ahora en esto les quiero decir, será solamente enseñarles que sean hermosas, que es lo que principalmente desean. Porque yo no les quiero tratar del pecado que algunos hallan y ponen en el afeite, sino solamente quiero dárselo á conocer, demonstrándoles que es un fullero engañoso que les da al revés de aquello que les promete, y que como en un juego que hacen los niños, así él, diciendo que las pinta, las burla y entizna, para que, conocido por tal, hagan justicia dél y le saquen á la vergüenza con todas sus redomillas al cuello. Pues yo no puedo pensar que ninguna viva en este caso tan engañada, que ya que tenga por hermoso el afeite, á lo menos no conozca que es sucio, y que no se lave las manos con que lo ha tratado antes que coma. Porque los materiales dél, los más son asquerosos; y la mezcla de cosas tan diferentes como son las que casan para este adulterio, es madre de muy mal olor, lo cual saben bien las arquillas que guardan este tesoro y las redomas y las demás alhajas dél. Y si no es suciedad, ¿por qué, venida la noche, se le quitan y se lavan la cara con diligencia, y ya que han servido al engaño del día, quieren pasar siquiera la noche limpias? Mas ¿para qué son razones? Pues cuando nos lo negasen, á las que nos lo negasen les podríamos mostrar á los ojos sus dientes mismos y sus encías negras y más sucias que un muladar, con las reliquias que en ellas ha dejado el afeite. Y si las pone sucias, como de hecho las pone, ¿cómo se pueden persuadir que las hace hermosas? ¿No es la limpieza el fundamento de la hermosura, y la primera y mayor parte della? La hermosura allega y convida á sí, y la suciedad aparta y ahuyenta. Luego ¿cómo podrán caber en uno lo hermoso y lo sucio? ¿Por ventura no es obra propia de la belleza parecer bien y hacer deleite en los ojos? Pues ¿qué ojos hay tan ciegos ó tan botos de vista, que no pasen con ella la tela del sobrepuesto, y que no cotejen con lo encubierto lo que se descubre, y que viendo lo mal que dicen entre sí mismos, no se ofendan con la desproporción? Y no es menester que los ojos traspasen este velo, porque él de sí mismo, en cobrando un poco de calor el cuerpo, se trasluce; y descúbrese por entre lo blanco un escuro y verdinegro, y un entre azul y morado; y matízase el rostro todo, y señaladamente las cuencas de los bellísimos ojos, con una variedad de colores feísimos; y aun corren á las veces derretidas las gotas, y aran con sus arroyos la cara. Mas si dicen que acontece esto á las que no son buenas maestras, yo digo que ninguna lo es tan buena, que si ya engañare los ojos, pueda engañar las narices. Porque el olor de los adobíos[64], por más que se perfumen, va delante dellas, pregonando y diciendo que no es oro lo que reluce, y que todo es asco y engaño, y va como con la mano desviando la gente en cuanto pasa la que yo no quiero nombrar.

Tomen mi consejo las que son perdidas por esto, y hagan máscaras de buenas figuras y pónganselas; y el barniz pinte el lienzo, y no el cuerpo, y sacarán mil provechos. Lo uno, que ya que les agrada ser falsas hermosas, quedarán á lo menos limpias. Lo otro, que no temerán que las desafeite ni el sol ni el polvo ni el aire. Y lo último, con este artificio podrán encubrir, no sólo el color escuro, sino también las facciones malas. Porque cierta cosa es que la hermosura no consiste tanto en el escogido color, cuanto en que las facciones sean bien figuradas cada una por sí, y todas entre sí mismas proporcionadas. Y claro es que el afeite, ya que haga engaño en la color, pero no puede en las figuras poner enmienda, que ni ensancha la frente angosta, ni los ojos pequeños los engrandece, ni corrige la boca desbaratada. Pero dicen que vale mucho el buen color. Yo pregunto, ¿á quién vale? Porque las de buenas figuras, aunque sean morenas, son hermosas, y no sé si más hermosas que siendo blancas; las de malas, aunque se transformen en nieve, al fin quedan feas, mas dirán que menos feas, yo digo que más; porque antes del barniz, si eran feas estaban limpias, mas después dél quedan feas y sucias, que es la más aborrecible fealdad de todas. Pero valga mucho el buen color, si de veras es buen color; mas este ni es buen color ni casi lo es, sino un engaño de color que todos lo conocen, y una postura que por momentos se cae, y un asco que á todos ofende, y una burla que promete uno y da otro, y que afea y ensucia. ¡Qué locura es poner nombre de bien á lo que es mal, y trabajarse en su daño y buscar con su tormento ser aborrecidas, que es lo que más aborrecen! ¿Qué es el fin del aderezo y de la cura del rostro, sino el parecer bien y agradar á los miradores? Pues ¿quién es tan falto, que destos adobíos se agrade? Ó ¿quién hay que no los condene? ¿Quién es tan necio que quiera ser engañado, ó tan boto que ya no conozca este engaño? Ó ¿quién es tan ajeno de razón, que juzgue por hermosura del rostro lo que claramente ve que no es del rostro, lo que ve que es sobrepuesto, añadido y ajeno? Querría yo saber destas mendigantas hermosas, si tendrían por hermosa la mano que tuviese seis dedos. ¿Por ventura no la hurtarían á los ojos? ¿No harían alguna invención de guante para encubrir aquel dedo añadido? Pues ¿tienen por feo en la mano un dedo más, y pueden creer que tres dedos de enjundia sobre el rostro les es hermoso? Todas las cosas tienen una natural tasa y medida, y la buena disposición y parecer dellas consiste en estar justas en esto; y si dello les falta ó sobra algo, eso es fealdad y torpeza; de donde se concluye que estas de quien hablamos, añadiendo posturas y excediendo lo natural, en caso que fuesen hermosas, se tornan feas con sus mismas manos. Bien y prudentemente aconseja, acerca de un poeta antiguo[65], un padre á su hija y le dice: «No tengas, hija, afición con los oros, ni rodees tu cuello con perlas ó con jacintos, con que las de poco saber se desvanecen; ninguna necesidad tienes deste vano ornamento; ni tampoco te mires al espejo para componerte la cara, ni con diversas maneras de lazos enlaces tus cabellos, ni te alcoholes con negro los ojos, ni te colores las mejillas, que la naturaleza no fué escasa con las mujeres, ni les dió cuerpo menos hermoso de lo que se les debe ó conviene.» Pues ¿qué diremos del mal del engañar y fingir, á que se hacen, y como en cierta manera se ensayan y acostumbran en esto? Aunque esta razón no es tanto para que las mujeres se persuadan que es malo afeitarse, cuanto para que los maridos conozcan cuán obligados están á no consentir que se afeiten. Porque han de entender que allí comienzan á mostrárseles otras de lo que son, y á encubrirles la verdad, y allí comienzan á tentarles la condición y hacerlos al engaño, y como los hallaren pacientes en esto, así subirán á engaños mayores. Bien dice Aristóteles en este mismo propósito[66], que «como en la vida y costumbres la mujer con el marido ha de andar sencilla y sin engaño, así en el rostro y en los aderezos dél ha de ser pura y sin afeite.» Porque la buena en ninguna cosa ha de engañar á aquel con quien vive, si quiere conservar el amor, cuyo fundamento es la caridad y la verdad, y el no encubrirse, los que se aman, en nada. Que así como no es posible mezclarse dos aguas olorosas mientras están en sus redomas cada una; así en tanto que la mujer cierra el ánimo con la encubierta del fingimiento, y con la postura y afeites absconde el rostro, entre su marido y ella no se puede mezclar amor verdadero. Porque si damos caso que el marido la ama así, claro es que no ama á ella en este caso, sino á la máscara pintada que se parece, y es como si amase en la farsa al que representa una doncella hermosa. Y por otra parte, ella, viéndose amada desta manera, por el mismo caso no le ama á él, antes comienza á tener en poco, y en el corazón se ríe dél y le desprecia, y conoce cuán fácil es engañarle, y al fin le engaña y le carga. Y esto es muy digno de considerar, y más lo que se sigue tras esto, que es el daño de la conciencia y la ofensa de Dios. Que aunque prometí no tratarlo, pero al fin la conciencia me obliga á quebrantar lo que puse.

Y no les diga nadie, ni ellas se lo persuadan á sí, que ó no es pecado ó es muy ligero pecado, porque es muy al revés; ca[67] él es pecado grave en sí, y que demás desto anda acompañado de otros muchos pecados, unos que nascen dél, y otros de donde él nace. Porque dejando aparte el agravio que hacen á su mismo cuerpo, que no es suyo, sino del Espíritu Santo, que le consagró para sí en el bautismo, y que por la misma causa ha de ser tratado como templo santo con honra y respeto; así que, aunque pasemos callando por este agravio que hacen á sus miembros, atormentándolos y ensuciándolos en diferentes maneras, y aunque no digamos la injuria que hacen á quien las crió, haciendo enmienda en su obra y como reprehendiendo, ó á lo menos no admitiendo, su acuerdo y consejo (porque sabida cosa es que lo que hace Dios, ó feo ó hermoso, es á fin de nuestro bien y salud); así que, aunque callemos esto que las condena, el fin que ellas tienen y lo que las mueve é incita á este oficio, por más que ellas lo doren y apuren, ni se puede apurar ni callar. Porque, pregunto, ¿por qué la casada quiere ser más hermosa de lo que su marido quiere que sea? ¿Qué pretende afeitándose á su pesar? ¿Qué ardor es aquel que le menea las manos para acicalar[68] el cuerpo como arnés, y poner en arco las cejas? ¿Adónde amenaza aquel arco?, y aquel resplandor ¿á quién ciega? El colorado y el blanco, y el rubio y dorado, aquella artillería toda ¿qué pide?, ¿qué desea?, ¿qué vocea? No pregunta sin causa el cantarcillo común, ni es más castellano que verdadero: «¿Para qué se afeita la mujer casada?» Y torna á la pregunta y repite la tercera vez, preguntando: «¿Para qué se afeita?» Porque, si va á decir la verdad, la respuesta de aquel para qué, es amor propio desordenadísimo, apetito insaciable de vana excelencia, codicia fea, deshonestidad arraigada en el corazón, adulterio, ramería, delito que jamás cesa. ¿Qué pensáis las mujeres que es afeitaros? Traer pintado en el rostro vuestro deseo feo. Mas no todas las que os afeitáis deseáis mal. Cortesía es creerlo. Pero si con la tez del afeite no descubrís vuestro mal deseo, á lo menos despertáis el ajeno. De manera que con esas posturas sucias, ó publicáis vuestra sucia ánima, ó ensuciáis las de aquellos que os miran. Y todo es ofensa de Dios. Aunque no sé yo qué ojos miran, que si bien os miran, no os aborrezcan, y no hallen ó asco ó hedor ó torpeza. Mas ¡qué bravo!, diréis algunas. No estoy bravo, sino verdadero. Y si tales son los padres de quien aqueste destino nace, ¿cuáles serán los frutos que dél proceden, sino enojos y guerra continua, y sospechas mortales y lazos de perdidos, y peligros y caídas, y escándalos y muerte y asolamiento miserable? Y si todavía os parezco muy bravo, oíd ya, no á mí, sino á san Cipriano, las que lo decís, el cual dice desta manera[69]:

«En este lugar el temor que debo á Dios, y el amor de la caridad, que me junta con todos, me obliga á que avise no sólo á las vírgenes y á las viudas, sino á las casadas también, y universalmente á todas las mujeres, que en ninguna manera conviene, ni es lícito adulterar la obra de Dios y su hechura, añadiéndole ó color rojo ó alcohol negro ó arrebol colorado, ó cualquiera otra compostura que mude ó corrompa las figuras naturales. Dice Dios[70]: Hagamos al hombre á la imagen y semejanza nuestra, ¿y osa alguna mudar en otra figura lo que Dios hizo? Las manos ponen en el mismo Dios cuando lo que él formó lo procuran ellas reformar y desfigurar. Como si no supiesen que es obra de Dios todo lo que nace, y del demonio todo lo que se muda de su natural. Si algún grande pintor retratase con colores que llegasen á lo verdadero las facciones y rostro de alguno, con toda la demás disposición de su cuerpo, y acabado ya y perfeccionado el retrato, otro quisiese poner las manos en él, presumiendo de más maestro, para reformar lo que ya estaba formado y pintado, ¿paréceos que tendría el primero justa y grave causa para indignarse? Pues ¿piensas tú no ser castigada por una osadía de tan malvada locura, por la ofensa que haces al divino Artífice? Porque, dado caso que por la alcahuetería de los afeites no vengas á ser con los hombres deshonesta y adúltera, habiendo corrompido y violado lo que hizo en ti Dios, convencida quedas de peor adulterio. Eso que pretendes hermosearte, eso que procuras adornarte, contradicción es que haces contra la obra de Dios, y traición contra la verdad. Dice el Apóstol[71], amonestándonos: «Desechad la levadura vieja, para que seáis nueva masa, así como sois sin levadura, porque nuestra pascua es Cristo sacrificado. Así que, celebremos la fiesta, no con la levadura vieja, ni con la levadura de la malicia y de tacañería, sino con la pureza de sencillez y verdad.» ¿Por ventura guardas esta sencillez y verdad cuando ensucias lo sencillo con adulterinos colores, y mudas en mentira lo verdadero con posturas de afeites? Tu Señor dice[72] que «no tienes poder para tornar blanco ó negro uno de tus cabellos;» y tú pretendes ser más poderosa, para sobrepujar lo que tu Señor tiene dicho, con pretensión osada y con sacrílego menosprecio. Enrojas tus cabellos, y en mal agüero de lo que te está por venir les comienzas á dar color semejante al del fuego, y pecas con grave maldad en tu cabeza, esto es, en la parte más principal de tu cuerpo, y como del Señor esté escrito[73] que «su cabeza y sus cabellos eran blancos como la nieve,» tú maldices lo cano y abominas lo blanco, que es semejante á la cabeza de Dios. Ruégote, la que esto haces, ¿no temes en el día de la resurrección, cuando venga, que el Artífice que te crió no te conozca; que cuando llegues á pedirle sus promesas y premios, te deseche, aparte y excluya; que te diga con fuerza y severidad de juez: Esta obra no es mía, ni es la nuestra esta imagen; ensuciaste la tez con falsa postura, demudaste el cabello con deshonesto color, hiciste guerra y venciste á tu cara, con la mentira corrompiste tu rostro, tu figura no es esa? No podrás ver á Dios, pues no traes los ojos que Dios hizo en ti, sino los que te inficionó el demonio; tú le has seguido, los ojos pintados y relumbrantes de la serpiente has en ti remedado; figúraste dél y arderás juntamente con él.»

Hasta aquí son palabras de San Cipriano. Y San Ambrosio[74] habla no menos agramente que él, y dice así:

«De aquí nace aquello que es vía é incentivo de vicios, que las mujeres, temiendo desagradar á los hombres, se pintan las caras con colores ajenos, y en el adulterio que hacen de su cara, se ensayan para el adulterio que desean hacer de su persona. Mas ¿qué locura aquesta tan grande, desechar el rostro natural y buscar el pintado? Y mientras temen de ser condenadas de sus maridos por feas, condénanse por tales ellas á sí mismas; porque la que procura mudar el rostro con que nació, por el mismo caso da sentencia ella contra sí y lo condena por feo; y mientras procura agradar á los otros, ella misma á sí se desagrada primero. Di, mujer, ¿qué mejor juez de tu fealdad podemos hallar que á ti misma, pues temes ser vista cual eres? Si eres hermosa, ¿por qué con el afeite te encubres? Si fea y disforme, ¿por qué te nos mientes hermosa, pues ni te engañas á ti, ni del engaño ajeno sacas fruto? Porque el otro en ti afeitada, no ama á ti, sino á otra, y tú no quieres como otra ser amada. Enséñasle en ti á ser adúltero, y si pone en otra su amor, recibes pena y enojo. Mala maestra eres contra ti misma. Más tolerable en parte es ser adúltera, que andar afeitada; porque allí se corrompe la castidad y aquí la misma naturaleza.»

Estas son palabras de San Ambrosio. Pero entre todos, San Clemente Alejandrino es el que escribe más extendidamente, diciendo[75]:

«Las que hermosean lo que se descubre, y lo que está secreto lo afean, no miran que son como las composturas de los egipcios, los cuales adornan las entradas de sus templos con arboledas, y ciñen sus portales con muchas columnas; y edifican los muros dellos con piedras peregrinas, y los pintan con escogidas pinturas, y los mismos templos los hermosean con plata y con mármoles traídos desde Etiopía. Y los sagrarios de los templos los cubren con planchas de oro; mas en lo secreto dellos, si alguno penetrare allá, y si con priesa de ver lo escondido, buscare la imagen del Dios que en ellos mora, y si la guarda dellos ó alguno otro sacerdote con vista grave, y cantando primero algún himno en su lengua, y descubriendo un poco del velo, le mostrare la imagen, es cosa de grandísima risa ver lo que adoran; porque no hallaréis en ellos algún Dios como esperábades, sino un gato ó un crocodilo, ó alguna sierpe de las de la tierra, ó otro animal semejante, no digno de templo, sino dignísimo de cueva ó de escondrijo ó de cieno, que como un poeta antiguo les dijo[76]:

»Son fieras sobre púrpura asentadas