PROVERBIOS

Dos cosas hacen y componen este bien de que vamos hablando, razón discreta y habla dulce. Lo primero llama sabiduría, y piedad lo segundo, ó por mejor decir, blandura. Pues entre todas las virtudes sobredichas, ó para decir verdad, sobre todas ellas, la buena mujer se ha de esmerar en esta, que es ser sabia en su razón y apacible y dulce en su hablar. Y podemos decir que con esto lucirá y tendrá como vida todo lo demás de virtud que se pone en esta mujer, y que sin ello quedará todo lo otro como muerto y perdido. Porque una mujer necia y parlera, como lo son de continuo las necias, por más bienes otros que tenga, es intolerable negocio. Y ni más, ni menos la que es brava y de dura y áspera conversación, ni se puede ver, ni sufrir. Y así, podemos decir que todo lo sobredicho hace como el cuerpo desta virtud de la casada que dibujamos; mas esto de ahora es como el alma y es la perfección y el remate y la flor de todo este bien. Y cuanto toca á lo primero, que es cordura y discreción ó sabiduría, como aquí se dice, la que de suyo no la tuviere ó no se la hubiere dado el don de Dios, con dificultad la persuadiremos á que le falta y á que la busque. Porque lo más propio de la necedad es no conocerse y tenerse por sabia.

Y ya que la persuadamos, será mayor dificultad ponerla en el buen saber, porque es cosa que se aprende mal cuando no se aprende en la leche. Y el mejor consejo que les podemos dar á las tales, es rogarles que callen y que ya que son poco sabias, se esfuercen á ser mucho calladas.

Que como dice el Sabio[121]: «Si calla el necio, á las veces será tenido por sabio y cuerdo.» Y podrá ser así, que callando y oyendo, y pensando primero consigo lo que hubieren de hablar, acierten á hablar lo que merezca ser oído. Así que, deste mal esta es la medicina más cierta, aunque ni es bastante medicina, ni fácil.

Mas, como quiera que sea, es justo que se precien de callar todas, así aquellas á quien les conviene encubrir su poco saber, como aquellas que pueden sin vergüenza descubrir lo que saben; porque en todas es, no sólo condición agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar poco.

Y el abrir su boca en sabiduría, que el Sabio aquí dice, es no la abrir sino cuando la necesidad lo pide, que es lo mismo que abrirla templadamente y pocas veces, porque son pocas las que lo pide la necesidad. Porque, así como la naturaleza, como dijimos y diremos, hizo á las mujeres para que encerradas guardasen la casa, así las obliga á que cerrasen la boca; y como las desobligó de los negocios y contrataciones de fuera, así las libertó de lo que se consigue á la contratación, que son las muchas pláticas y palabras. Porque el hablar nace del entender, y las palabras no son sino como imágenes ó señales de lo que el ánimo concibe en sí mismo; por donde, así como á la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias, ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico; así les limitó el entender, y por consiguiente les tasó las palabras y las razones; y así como es esto lo que su natural de la mujer y su oficio le pide, así por la misma causa es una de las cosas que más bien le está y que mejor le parece.

Y así solía decir Demócrito[122] que el aderezo de la mujer y su hermosura era el hablar escaso y limitado. Porque, como en el rostro la hermosura dél consiste en que se respondan entre sí las facciones, así la hermosura de la vida no es otra cosa sino el obrar cada uno conforme á lo que su naturaleza y oficio le pide.

El estado de la mujer, en comparación del marido, es estado humilde, y es como dote natural de las mujeres la mesura y vergüenza, y ninguna cosa hay que se compadezca menos, ó que desdiga más, de lo humilde y vergonzoso, que lo hablador y lo parlero.

Cuenta Plutarco[123] que Fidias, escultor noble, hizo á los elienses una imagen de Venus que afirmaba los pies sobre una tortuga, que es un animal mudo y que nunca desampara su concha; dando á entender que las mujeres por la misma manera han de guardar siempre la casa y el silencio. Porque verdaderamente el saber callar es su sabiduría propia y aquella de quien habla aquí Salomón, aunque para aprendida es muy dificultosa á aquellas que de su cosecha no la tienen, como decíamos. Y esto cuanto á lo primero. Mas lo segundo, que toca á la aspereza y desgracia de la condición, que por la mayor parte nace más de la voluntad viciosa que de naturaleza errada, es enfermedad más curable.

Y deben advertir mucho en ello las buenas mujeres; porque, si bien se mira, no sé yo si hay cosa más mostruosa y que más disuene de lo que es, que ser una mujer áspera y brava. La aspereza hízose para el linaje de los leones ó de los tigres, y aun los varones, por su compostura natural y por el peso de los negocios en que de ordinario se ocupan, tienen licencia para ser algo ásperos. Y el sobrecejo y el ceño y la esquivez en ellos está bien á las veces; mas la mujer, si es leona, ¿qué le queda de mujer? Mire su hechura toda, y verá que nació para piedad.