Y como á las onzas las uñas agudas y los dientes largos y la boca fiera y los ojos sangrientos las convidan á crudeza, así á ella la figura apacible de toda su disposición la obliga á que no sea el ánimo menos mesurado que el cuerpo parece blando.

Y no piensen que las crió Dios, y las dió al hombre sólo para que le guarden la casa, sino también para que le consuelen y alegren; para que en ella el marido cansado y enojado halle descanso, y los hijos amor, y la familia piedad, y todos generalmente acogimiento agradable. Bien las llama el hebreo á las mujeres «la gracia de casa». Y llámalas así, en su lengua con una palabra, que en castellano, ni con decir gracia, ni con otras muchas palabras de buena significación, apenas comprehendemos todo lo que en aquélla se dice; porque dice aseo, y dice hermosura, y dice donaire, y dice luz y deleite y concierto y contento, el vocablo con que el hebreo las llama.

Por donde entendemos que de la buena es tener estas cualidades todas, y entendemos también que la que va por aquí, no debe ser llamada, ni la gracia, ni la luz, ni el placer de su casa, sino el trasto della y el estropiezo, ó por darles su nombre verdadero, el trasgo[124] y la estantigua[125] que á todos los turba y asombra.

Y sucede así, que como las casas que son por esta causa asombradas, después de haberlas conjurado, al fin los que las viven las dejan; así la habitación donde reinan en figura de mujer estas fieras, el marido teme entrar en ella, y la familia desea salir della, y todos la aborrecen, y lo más presto que pueden la santiguan y huyen.

¿Qué dice el Sabio?[126] «El azote de la lengua de la mujer brava por todo se extiende, enojo fiero la mujer airada y borracha, es su afrenta perpetua[127].» Conocí yo una mujer que cuando comía reñía, y cuando venía la noche reñía también, y el sol cuando nacía la hallaba riñendo, y esto hacía el disanto[128] y el día no santo, y la semana y el mes y todo el año no era otro su oficio sino reñir; siempre se oía el grito y la voz áspera, y la palabra afrentosa y el deshonrar sin freno, y ya sonaba el azote y ya volaba el chapín, y nunca la oí que no me acordase de aquello que dice el poeta[129]:

«Tesifone, ceñida de crueza,

la entrada sin dormir de noche y día

ocupa, suena el grito, la braveza,

el lloro, el crudo azote, la porfía.»

Y así, era su casa una imagen del infierno en esto con ser en lo demás un paraíso, porque las personas della eran, no para mover á braveza, sino para dar contento y descanso á quien lo mirara bien.