Quiere decir que en levantándose la mujer, ha de proveer todas las cosas de su casa, y poner en ellas orden, y que no ha de hacer lo que muchas de las de ahora hacen; que unas en poniendo los pies en el suelo, ó antes que los pongan, estando en la cama, negocian luego con el almuerzo, como si hubiesen pasado cavando la noche. Otras se sientan con su espejo á la obra de su pintura, y se están en ella enclavadas tres ó cuatro horas, y es pasado el mediodía, y viene á comer el marido y no hay cosa puesta en concierto. Y habla Salomón desta diligencia aquí, no porque antes de ahora no hubiese hablado della, sino por dejarla, con el repetir, más firme en la memoria, como cosa importante, y como quien conocía de las mujeres cuán mal se hacen al cuidado y cuán inclinadas son al regalo. Y dícelo también porque, diciéndole á la mujer que rodee su casa, le quiere enseñar el espacio por donde ha de menear los pies la mujer, y los lugares por donde ha de andar, y como si dijésemos, el campo de su carrera, que es su casa propia, y no las calles, ni las plazas, ni las huertas, ni las casas ajenas. «Rodeó, dice, los rincones de su casa;» para que se entienda que su andar ha de ser en su casa, y que ha de estar presente siempre en todos los rincones della, y que porque ha de estar siempre allí presente, por eso no ha de andar fuera nunca, y que porque sus pies son para rodear sus rincones, entienda que no los tiene para rodear los campos y las calles. ¿No dijimos arriba que el fin para que ordenó Dios la mujer, y se la dió por compañía al marido, fué para que le guardase la casa, y para que lo que él ganase en los oficios y contrataciones de fuera, traído á casa, lo tuviese en guarda la mujer, y fuese como su llave? Pues si es por natural oficio guarda de casa, ¿cómo se permite que sea callejera y visitadora y vagabunda? ¿Qué dice San Pablo á su discípulo Tito que enseñe á las mujeres casadas? «Que sean prudentes, dice, y que sean honestas y que amen á sus maridos, y que tengan cuidado de sus casas[130].» Adonde, lo que decimos, «que tengan cuidado de sus casas,» el original dice así: «Y que sean guardas de su casa.» ¿Por qué les dió á las mujeres Dios las fuerzas flacas y los miembros muelles, sino porque las crió, no para ser postas, sino para estar en su rincón sentadas?

Su natural propio pervierte la mujer callejera. Y como los peces, en cuanto están dentro del agua, discurren por ella y andan y vuelan ligeros, mas si acaso los sacan de allí, quedan sin se poder menear; así la buena mujer, cuanto para de sus puertas adentro ha de ser presta y ligera, tanto para fuera dellas se ha de tener por coja y torpe. Y pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su suerte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola. Los chinos, en naciendo, les tuercen á las niñas los pies, porque cuando sean mujeres no los tengan para salir fuera, y porque para andar en su casa aquellos torcidos les bastan. Como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento, y como es de los hombres el hablar y el salir á luz, así dellas el encerrarse y encubrirse.

Aun en la iglesia, donde la necesidad de la religión las lleva y el servicio de Dios, quiere San Pablo[131] que estén así cubiertas, que apenas los hombres las vean, ¿y consentirá que por su antojo vuelen por las plazas y calles, haciendo alarde de sí? ¿Qué ha de hacer fuera de su casa la que no tiene partes ningunas de las que piden las cosas que fuera della se tratan? Forzoso es que, como la experiencia lo enseña, pues no tienen saber para los negocios de sustancia, traten, saliendo, de poquedades y menudencias, y forzoso es que, pues no es de su oficio, ni natural, hacer lo que pide valor, hagan el oficio contrario. Y así es que las que en sus casas cerradas y ocupadas las mejoran, andando fuera dellas las destruyen. Y las que con andar por sus rincones ganarán las voluntades y edificarán las conciencias de sus maridos, visitando las calles corrompen los corazones ajenos y enmollecen las almas de los que las ven, las que, por ser ellas muelles, se hicieron para la sombra y para el secreto de sus paredes. Y si es de lo propio de la mujer mala el vaguear por las calles, como Salomón en los Proverbios lo dice[132], bien se sigue que ha de ser propiedad de la buena el salir pocas veces en público. Dice bien uno acerca del poeta Menandro[133]:

«Á la buena mujer le es propio y bueno

el de continuo estar en su morada,

que el vaguear defuera es de las viles.»

Y no por esto piensen que no serán conocidas ó estimadas si guardan su casa, porque al revés, ninguna cosa hay que así las haga preciar como el asistir en ella á su oficio, como de Teano la pitagórica, que siendo preguntada por otra cómo vendría á ser señalada y nombrada, escriben que dijo[134] que hilando y tejiendo y teniendo cuenta con su rincón. Porque siempre á las que así lo hacen les sucede lo que luego se sigue. Esto es: