De un hombre extraño, si oímos que es virtuoso y sabio, nos fiamos de su parecer, ¿y dudará el marido de obedecer á la virtud y discreción que cada día ve y experimenta? Y porque decimos cada día, tienen aún más las mujeres para alcanzar de sus maridos lo que quisieren esta oportunidad y aparejo, que pueden tratar con ellos cada día y cada hora, y á las horas de mejor coyuntura y sazón. Y muchas veces lo que la razón no puede, la importunidad lo vence, y señaladamente la de la mujer, que, como dicen los experimentados, es sobre todas. Y verdaderamente es caso, no sé si diga vergonzoso ó donoso, decir que las buenas no son poderosas para concertar sus maridos, siendo las malas valientes para inducirlos á cosas desatinadas que los destruyen.
La mujer por sí puede mucho, y la virtud y razón también á sus solas es muy valiente, y juntas entrambas cosas, se ayudan entre sí y se fortifican de tal manera, que lo ponen todo debajo de los pies. Y ellas saben que digo verdad, y que es verdad que se puede probar con ejemplo de muchas que con su buen aviso y discreción han enmendado mil malos siniestros en sus maridos, y ganádoles el alma y enmendádoles la condición, en unos brava, en otros distraída, en otros por diferentes maneras viciosa. De arte que las que se quejan ahora dellos y de su desorden, quéjense de sí primero y de su negligencia, por la cual no los tienen cual deben.
Mas si con el marido no pueden, con los hijos, que son parte suya y los traen en las manos desde su nacimiento y les son en la niñez como cera, ¿qué pueden decir, sino confesar que los vicios dellos y los desastres en que caen por sus vicios, por la mayor parte son culpas de sus padres? Y porque ahora hablamos de las madres, entiendan las mujeres que, si no tienen buenos hijos, gran parte dello es porque no les son ellas enteramente sus madres. Porque no ha de pensar la casada que el ser madre es engendrar y parir un hijo; que en lo primero siguió su deleite, y á lo segundo le forzó la necesidad natural. Y si no hiciesen por ello más, no sé en cuánta obligación los pondrán.
Lo que se sigue después del parto es el puro oficio de la madre y lo que puede hacer bueno al hijo y lo que de veras le obliga. Por lo cual, téngase por dicho esta perfecta casada que no lo será si no cría á sus hijos, y que la obligación que tiene por su oficio á hacerlos buenos, esa misma le pone necesidad á que los críe á sus pechos; porque con la leche, no digo que se aprende, que eso fuera mejor, porque contra lo mal aprendido es remedio el olvido; sino digo que se bebe y convierte en sustancia y como en naturaleza todo lo bueno y lo malo que hay en aquella de quien se recibe; porque el cuerpo ternecico de un niño, y que salió como comenzado del vientre, la teta le acaba de hacer y formar. Y según quedare bien formado el cuerpo, así le avendrá el alma después cuyas costumbres ordinariamente nacen de sus inclinaciones dél; y si los hijos salen á los padres de quien nacen, ¿cómo no saldrán á las amas con quien pacen, si es verdadero el refrán español? ¿Por ventura no vemos que cuando el niño está enfermo purgamos al ama que le cría, y que con purificar y sanar el mal humor della le damos la salud á él? Pues entendamos que, como es una la salud, así es uno el cuerpo, y si los humores son unos, ¿cómo no lo serán las inclinaciones, las cuales, por andar siempre hermanadas con ellos, en castellano con razón las llamamos humores? De arte que si el ama es borracha, habemos de entender que el desdichadito beberá con la leche el amor del vino; si colérica, si tonta, si deshonesta, si de viles pensamientos y ánimo, como de ordinario lo son, será el niño lo mismo. Pues si el no criar los hijos es ponerlos á tan claro y manifiesto peligro, ¿cómo es posible que cumpla con lo que debe la casada que no los cría?
Esto es decir la que en la mejor parte de su casa, y para cuyo fin se casó principalmente, pone tan mal recaudo. ¿Qué le vale ser en todo lo demás diligente, si en lo que es más es así descuidada? Si el hijo sale perdido, ¿qué le vale la hacienda ganada? Ó ¿qué bien puede haber en la casa donde los hijos para quien es no son buenos? Y si es parte desta virtud conjugal, como habemos ya visto, la piedad generalmente con todos, las que son tan sin piedad, que entregan á un extraño el fruto de sus entrañas, y la imagen de virtud y de bien que en él había comenzado la naturaleza á obrar, consienten que otro lo borre, y permiten que imprima vicios en lo que del vientre salía con principio de buenas inclinaciones, cierto es que no son buenas casadas, ni aun casadas, si habemos de hablar con verdad; porque de la casada es engendrar hijos, y hacer esto es perderlos; y de la casada es engendrar hijos legítimos, y los que se crían así, mirándolo bien, son llanamente bastardos.
Y porque vuestra merced vea que hablo con verdad, y no con encarecimiento, ha de entender que la madre en el hijo que engendra no pone sino una parte de su sangre, de la cual la virtud del varón, figurándola, hace carne y huesos. Pues el ama que cría pone lo mismo, porque la leche es sangre, y en aquella sangre la misma virtud del padre que vive en el hijo hace la misma obra; sino que la diferencia es ésta, que la madre puso este su caudal por nueve meses, y la ama por veinticuatro; y la madre cuando el parto era un tronco sin sentido ninguno, y el ama cuando comienza ya á sentir y reconocer el bien que recibe; la madre influye en el cuerpo, el ama en el cuerpo y en el alma. Por manera que echando la cuenta bien, el ama es la madre, y la que parió es peor que madrastra, pues enajena de sí á su hijo, y hace borde lo que había nacido legítimo, y es causa que sea mal nacido el que pudiera ser noble, y comete en cierta manera un género de adulterio poco menos feo y no menos dañoso que el ordinario, porque en aquel vende al marido por hijo el que no es dél, y aquí el que no lo es della, y hace sucesor de su casa al hijo del ama y de la moza, que las más veces es una ó villana ó esclava.
Bien conforma con esto lo que se cuenta haber dicho un cierto mozo romano, de la familia de los Gracos, que volviendo de la guerra vencedor y rico de muchos despojos, y viniéndole al encuentro para recibirle alegres y regocijadas su madre y su ama juntamente, él, vuelto á ellas y repartiendo con ellas de lo que traía, como á la madre le diese un anillo de plata y al ama un collar de oro, y como la madre, indignada desto, se doliese dél, le respondió que no tenía razón; «porque, dijo, vos no me tuvisteis en el vientre más de por espacio de nueve meses, y ésta me ha sustentado á sus pechos por dos años enteros. Lo que yo tengo de vos es sólo el cuerpo, y aun ese me diste por manera no muy honesta, mas la dádiva que desta tengo, diómela ella con pura sencilla voluntad. Vos, en naciendo yo, me apartaste de vos y me alejaste de vuestros ojos; mas ésta ofreciéndose, me recibió, desechado, en sus brazos amorosamente, y me trató así, que por ella he llegado y venido al punto y estado en que ahora estoy.»
Manda san Pablo, en la doctrina que da á las casadas, que «amen á sus hijos[137].» Natural es á las madres amarlos, y no había para qué San Pablo encargase con particular precepto una cosa tan natural; de donde se entiende que el decir «que los amen», es decir que los críen, y que el dar leche la madre á sus hijos, á eso San Pablo llama amarlos, y con gran propiedad; porque el no criarlos es venderlos y hacerlos no hijos suyos, y como desheredarlos de su natural, que todas ellas son obras de aborrecimiento, y tan fiero, que vencen en ello aun á las fieras, porque, ¿qué animal tan crudo hay, que no críe lo que produce, que fíe de otro la crianza de lo que pare?
La braveza del león sufre con mansedumbre á sus cachorrillos que importunamente le desjuguen las tetas. Y el tigre, sediento de sangre, da alegremente la suya á los suyos. Y si miramos á lo delicado, el flaco pajarillo, por no dejar sus huevos, olvida el comer y se enflaquece, y cuando los ha sacado, rodea todo el aire volando, y trae alegre en el pico lo que él desea comer, y no lo come porque ellos lo coman.