Los frutos de la virtud, quiénes y cuáles sean, San Pablo los pone en la epístola que escribió á los gálatas, diciendo[140]: «Los frutos del Espíritu Santo son amor y gozo, y paz y sufrimiento, y largueza y bondad, y larga espera, y mansedumbre, y fe y modestia, y templanza y limpieza.» Y á esta rica compañía de bienes, que ella por sí sola parecía bastante, se añade ó sigue otro fruto mejor, que es gozar en vida eterna de Dios. Pues estos frutos son los que aquí el Espíritu Santo quiere y manda que se den á la buena mujer, y los que llama fruto de sus manos, esto es, de sus obras della. Porque aunque todo es don suyo, y el bien obrar y el galardón de la buena obra; pero, por su infinita bondad, quiere que porque le obedecimos y nos rendimos á su movimiento, se llame y sea fruto de nuestras manos é industria lo que principalmente es don de su liberalidad y largueza.
Vean, pues, ahora las mujeres cuán buenas manos tienen las buenas, cuán ricas son las labores que hacen y de cuán grande provecho. Y no sólo sacan provecho dellos, sino honra también, aunque suelen decir que no caben en uno. El provecho son bienes y riquezas del cielo, la honra es una singular alabanza en la tierra. Y así añade: «Y lóenla en las plazas sus obras.» Porque mandar Dios que la loen, es hacer cierto que la alabarán; porque lo que él dice se hace, y porque la alabanza sigue como sombra á la virtud, y se debe á sola ella. Y dice: «En las plazas;» porque no sólo en secreto y en particular, sino también en público y en general sonarán sus loores, como á la letra acontece. Porque, aunque todo aquello en que resplandece algún bien es mirado y preciado, pero ningún bien se viene tanto á los ojos humanos, ni causa en los pechos de los hombres tan grande satisfacción, como una mujer perfecta, ni hay otra cosa en que ni con tanta alegría, ni con tan encarecidas palabras abran los hombres las bocas, ó cuando tratan consigo á solas, ó cuando conversan con otros, ó dentro de sus casas, ó en las plazas en público. Porque unos loan lo casero, otros encarecen la discreción, otros suben al cielo la modestia, la pureza, la piedad, la suavidad, dulce y honesta.
Dicen del rostro limpio, del vestido aseado, de las labores y de las velas. Cuentan las criadas remediadas, el mejoro de la hacienda, el trato con las vecinas amigable y pacífico; no olvidan sus limosnas; repiten cómo amó y ganó á su marido; encarecen la crianza de los hijos, el buen tratamiento de sus criados; sus hechos, sus dichos, sus semblantes alaban. Dicen que fué santa para con Dios y bienaventurada para con su marido; bendicen por ella á su casa y ensalzan á su parentela, y aun á los que la merecieron ver y hablar llaman dichosos; y como á la santa Judit[141], la nombran gloria de su linaje y corona de todo su pueblo; y por mucho que digan, hallan siempre más que decir. Los vecinos dicen esto á los ajenos, y los padres dan con ella doctrina á sus hijos, y de los hijos pasa á los nietos, y extiéndese la fama por todas partes creciendo, y pasa con clara y eterna voz su memoria de unas generaciones en otras, y no le hacen injuria los años, ni con el tiempo envejece, antes con los días florece más, porque tiene su raíz junto á las aguas, y así no es posible que descaezca, ni menos puede ser que con la edad caiga el edificio que está fundado en el cielo, ni en manera alguna es posible que muera el loor de la que todo cuanto vivió no fué sino una perpetua alabanza de la bondad y grandeza de Dios, á quien sólo se debe eternamente el ensalzamiento y la gloria. Amén.
ÍNDICE
DE LOS CAPÍTULOS QUE CONTIENE ESTE TOMO
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| [Introducción].—En que se habla de las leyes y condiciones del estado del matrimonio, y de la estrecha obligación que corre á la casada de emplearse en el cumplimiento dellas. | [7] | |
| Capítulo | [primero].—Algunas advertencias del autor para entrar á tratar de la materia. | [29] |
| — | [II].—Cuánto es menester para que una mujer sea perfecta, y lo que debe procurarlo ser la que es casada. | [33] |
| — | [III].—Qué confianza ha de engendrar la buena mujer en el pecho del marido, y de cómo pertenece al oficio de la casada la guarda de la hacienda, que consiste en que no sea gastadora. | [43] |
| — | [IV].—De la obligación que tienen los casados de amarse y descansarse en los trabajos mutuamente. | [61] |
| — | [V].—Por qué se vale el Espíritu Santo de la mujer de un labrador para dechado de las perfectas casadas; y cómo todas ellas, por más ricas y nobles que sean, deben trabajar y ser hacendosas. | [71] |
| — | [VI].—Declárase qué es ser mujer casera, y del modo que debe acrescentar la hacienda. | [85] |
| — | [VII].—Pondérase la obligación de madrugar en las casadas, y se persuade á ello con una hermosa descripción de las delicias que suele traer consigo la mañana. Avísase también que el levantarse temprano de la cama ha de ser para arreglar á los criados y proveer á la familia. | [89] |
| — | [VIII].—La perfecta casada no sólo ha de cuidar de abastecer su casa y conservar lo que el marido adquiere, sino que ha de adelantar también la hacienda. | [103] |
| — | [IX].—Cuánto debe evitar la mujer buena el ocio, y de los vicios y malas resultas que de él nacen. | [107] |
| — | [X].—Ha de ser la perfecta casada piadosa con los pobres y necesitados; pero debe ir con cuidado en ver á quién admite en casa y favorece. | [115] |
| — | [XI].—Del buen trato y apacible condición con que se deben portar las señoras con sus sirvientas y criadas. | [125] |
| — | [XII].—De cómo el traje y la manera de vestir de la perfecta casada ha de ser conforme á lo que pide la honestidad y la razón. Aféase el uso de los afeites, y condénanse las galas y atavíos, no sólo con razones tomadas de la misma naturaleza de las cosas, sino también con dichos y sentencias de los Padres de la Iglesia y autoridades de la Sagrada Escritura. | [131] |
| — | [XIII].—La buena mujer ha de ser dicha, gloria, feliz suerte y bendición de su marido. | [187] |
| — | [XIV].—La industria y cuidado de la buena casada han de llegar, no sólo á lo que basta en su casa, sino aun á lo que sobra. | [191] |
| — | [XV].—De la templanza y medio que ha de observar la perfecta mujer en su condición y trato. | [193] |
| — | [XVI].—Cuánto importa que las mujeres no hablen mucho y que sean apacibles y de condición suave. | [197] |
| — | [XVII].—No han de ser las buenas mujeres callejeras, visitadoras y vagabundas, sino que han de amar mucho el retiro y se han de acostumbrar á estarse en casa. | [207] |
| — | [XVIII].—De cómo pertenece al oficio de la perfecta casada hacer bueno al marido, y de la obligación que tiene la que es madre de criar por sí á los hijos. | [213] |
| — | [XIX].—Qué alabanzas merece la perfecta casada, y cómo para serlo es menester que esté adornada de muchas perfecciones. | [229] |
| — | [XX].—De cómo la mujer que es buena ha de cuidar de ir limpia y aseada para mostrar así su ánimo compuesto y concertado, que ha de procurar adornar principalmente con el temor santo de Dios. | [233] |
| — | [XXI].—Del premio y galardón que tiene Dios aparejado para la perfecta casada, no sólo en la otra vida, sino aun en este mundo. | [245] |