costoso daño es y desventura.»

Porque lo que muchos desean hase de guardar de muchos, y así corre mayor peligro, y todos se aficionan al buen parecer. Y es inconveniente gravísimo que en la vida de los casados, que se ordenó para que ambas las partes descansase cada una dellas, y se descuidase en parte con la compañía de su vecina, se escoja tal compañía, que de necesidad obligue á vivir con recelo y cuidado, y que buscando el hombre mujer para descuidar de su casa, la tome tal, que le atormente con recelo todas las horas que no estuviere en ella. Y no sólo esta belleza es peligrosa porque atrae á sí y enciende en su codicia los corazones de los que la miran, sino también porque despierta á las que la tienen á que gusten de ser codiciadas; porque, si todas generalmente gustan de parecer bien y de ser vistas, cierto es que las que lo parecen no querrán vivir abscondidas; demás de que á todos nos es natural el amar nuestras cosas, y por la misma razón el desear que nos sean preciadas y estimadas, y es señal que es una preciada cuando muchos la desean y aman; y así, las que se tienen por bellas, para creer que lo son, quieren que se lo testifiquen las aficiones de muchos. Y si va á decir verdad, no son ya honestas las que toman sabor en ser miradas y recuestadas deshonestamente. Así que, quien busca mujer hermosa, camina con oro por tierra de salteadores, y con oro que no se consiente encubrir en la bolsa, sino que se hace él mismo afuera y se les pone á los ladrones delante los ojos, y que cuando no causase otro mayor daño y cuidado, en esto solo hace que el marido se tenga por muy afrentado, si tiene juicio y valor; porque en la mujer semejante la ocasión que hay para no ser buena, por ser codiciada de muchos, esa mesma hace en muchos grande sospecha de que no lo es, y aquesta sospecha basta para que ande en lenguas menoscabada y perdida su honra. Y si este bien de beldad tuviera algún tomo, pudieran por él ponerse á este riesgo los hombres; mas ¿quién no sabe lo que vale y lo que dura esta flor, cuán presto se acaba, con cuán ligeras ocasiones se marchita, á qué peligros está sujeta, y los censos que paga? «Toda la carne es heno, dice el Profeta[139], y toda la gloria della, que es su hermosura toda, y su resplandor como flor de heno.» Pues bueno es que por el gusto de los ojos, ligero y de una hora, quiera un hombre cuerdo hacer amargo el estado en que ha de perseverar cuanto le perseverare la vida, y que para que su vecino mire con contento á su mujer, muera él herido de mortal descontento, y que negocie con sus pesares propios los placeres ajenos. Y si aquesto no basta, sea su pena su culpa, que ella misma le labrará; de manera que, aunque le pese algún día, y muchos días conozca sin provecho y condene su error, y diga, aunque tarde, lo que aquí dice deste su perfecto dechado de mujeres el Espíritu Santo: «Engaño es el buen donaire, y burlería la hermosura; la mujer que teme á Dios, esa es digna de ser loada.» Porque se ha de entender que esta es la fuente de todo lo que es verdadera virtud, y la raíz de donde nace todo lo que es bueno, y lo que sólo puede hacer y hace que cada uno cumpla entera y perfectamente con lo que debe, el temor y respeto de Dios, y el tener cuenta con su ley; y lo que en esto no se funda, nunca llega al colmo, y por bueno que parece, se hiela en flor. Y entendemos por temor de Dios, según el estilo de la Escritura Sagrada, no sólo el afecto del tener, sino el emplearse uno con voluntad y con obras en el cumplimiento de sus mandamientos, y lo que, en una palabra, llamamos servicio de Dios. Y descubre esta raíz Salomón á la postre, no porque su cuidado ha de ser el postrero; que antes, como decimos, el principio de todo este bien es ella; sino lo uno, porque temer á Dios y guardar con cuidado su ley, no es más propio de la casada, que de todos los hombres. Á todos nos conviene meter en este negocio todas las velas de nuestra voluntad y afición, porque sin él ninguno puede cumplir ni con las obligaciones generales de cristiano, ni con las particulares de su oficio. Y lo otro, dícelo al fin por dejarlo más firme en la memoria, y para dar á entender que este cuidado de Dios no solamente lo ha de tener por primero, sino también por postrero; quiero decir, que comience y demedie y acabe todas sus obras, y todo aquello á que le obliga su estado, de Dios y en Dios y por Dios; y que haga lo que conviene, no sólo con las fuerzas que Dios le da para ello, sino última y principalmente por agradar á Dios, que se las da. Por manera que el blanco adonde ha de mirar en cuanto hace, ha de ser Dios, así para pedirle favor y ayuda en lo que hiciere, como para hacer lo que debe puramente por él; porque lo que se hace, y no por él, no es enteramente bueno, y lo que se hace sin él, como cosa de nuestra cosecha, es de muy bajos quilates. Y esto es cierto, que una empresa tan grande y adonde se ayuntan tan diversas y tan dificultosas obligaciones como es satisfacer una casada á su estado, nunca se hizo, ni aun medianamente, sin que Dios proveyese de abundante favor. Y así, el temor y servicio de Dios ha de ser en ella lo principal y lo primero, no solamente porque le es mandado, sino también porque le es necesario; porque las que por aquí no van siempre, se pierden, y demás de ser mal cristianas, en ley de casadas nunca son buenas, como se ve cada día. Unas se esfuerzan por temor del marido, y así, no hacen bien más de lo que ha de ver y entender. Otras, que trabajan porque le aman y quieren agradar, en entibiándose el amor, desamparan el trabajo. Á las que mueve la codicia no son caseras, sino escasas, y demás de escasas, faltas por el mismo caso en otras virtudes de las que pertenecen á su oficio, y así, por una muestra de bien, no tienen ninguno. Otras, que se inclinan por honra y que aman el parecer buenas, por ser honradas cumplen con lo que parece, y no con lo que es, y ninguna dellas consiguen lo que pretenden, ni tienen un ser en lo que hacen, sino con los días mudan los intentos y pareceres, porque caminan ó sin guía ó con mala guía, y así, aunque trabajan, su trabajo es vano y sin fruto. Mas al revés, las que se ayudan de Dios y enderezan sus obras y trabajos á Dios, cumplen con todo su oficio enteramente, porque Dios quiere que le cumplan todo, y cúmplenlo no en apariencia, sino en verdad, porque Dios no se engaña; y andan en su trabajo con su gusto y deleite, porque Dios persevera; y son siempre unas, porque el que las alienta es él mismo; y caminan sin error, porque no le hay en su guía; y crecen en el camino y van pasando adelante, y en breve espacio traspasan largos espacios, porque su hecho tiene todas las buenas cualidades y condiciones de la virtud; y finalmente, ellas son las que consiguen el precio y el premio; porque quien le da es Dios, á quien ellas en su oficio miran y sirven; y el premio es el que Salomón, concluyendo toda aquesta doctrina, pone en lo que se sigue:


XXI

DEL PREMIO Y GALARDÓN QUE TIENE DIOS APAREJADO PARA LA PERFECTA CASADA, NO SÓLO EN LA OTRA VIDA, SINO AUN EN ESTE MUNDO.

Dadle del fruto de sus manos,

y lóenla en las plazas sus obras.

PROVERBIOS