la mujer que teme á Dios,
esa es digna de loor.
PROVERBIOS
Pone la hermosura de la buena mujer, no en las figuras del rostro, sino en las virtudes secretas del alma, las cuales todas se comprehenden en la Escritura debajo desto que llamamos temer á Dios.
Mas aunque este temor de Dios, que hermosea el alma de la mujer como principal hermosura, se ha de buscar y estimar en ella, no carece de cuestión lo que de la belleza corporal dice aquí el Sabio, cuando dice que es vana y que es burlería; porque se suele dudar si es conveniente á la buena casada ser bella y hermosa. Bien es verdad que esta duda no toca tan derechamente en aquello á que las perfectas casadas son obligadas, como en aquello que deben buscar y escoger los maridos que desean ser bien casados. Porque el ser hermosa ó fea una mujer, es cualidad con que se nace, y no cosa que se adquiere por voluntad, ni de que se puede poner ley ni mandamiento á las buenas mujeres.
Mas como la hermosura consista en dos cosas, la una que llamamos buena proporción de figuras, y la otra que es limpieza y aseo, porque sin lo limpio no hay nada hermoso; aunque es verdad que ninguna, si no lo es, se puede figurar como hermosa, dado que lo procure, como se ve en que muchas lo procuran y en que ninguna dellas sale con ello; pero lo que toca al aseo y limpieza, negocio es que la mayor parte dél está puesta en su cuidado y voluntad; y negocio de cualidad, que aunque no es de las virtudes que ornan el ánimo, es fruto della, é indicio grande de la limpieza y buen concierto que hay en el alma, el cuerpo limpio y bien aseado; porque, así como la luz encerrada en la linterna la esclarece y traspasa, y se descubre por ella, así el alma clara y con virtud resplandeciente, por razón de la mucha hermandad que tiene con su cuerpo, y por estar íntimamente unida con él, le esclarece á él, y le figura y compone cuanto es posible de su misma composición y figura; así que, si no es virtud del ánimo la limpieza y aseo del cuerpo, es señal de ánimo concertado y limpio y aseado, á lo menos es cuidado necesario en la mujer para que se conserve y se acreciente el amor de su marido con ella, si ya no es él por ventura tal que se deleite y envicie en el cieno. Porque ¿cuál vida será la del que ha de traer á su lado siempre en la mesa, donde se asienta para tomar gusto, y en la cama, que se ordena para descanso y reposo, un desaliño y un asco que ni se puede mirar sin torcer los ojos, ni tocar sin atapar las narices? Ó ¿cómo será posible que se allegue el corazón á lo que naturalmente aborrece y de que rehuye el sentido? Serále sin duda un perpetuo y duro freno al marido el deseo de su mujer, que todas las veces que inclinare ó quisiere inclinar á ella su ánimo, le irá deteniendo y le apartará y como torcerá á otra parte.
Y no será esto solamente cuando la viere, sino todas las veces que entrare en su casa, aunque no la vea. Porque la casa forzosamente y la limpieza della olerá á la mujer, á cuyo cargo está su aliño y limpieza, y cuanto ella fuere aseada ó desaseada, tanto así la casa como la mesa y el lecho tendrá de sucio ó de limpio.
Así que, desto que llamamos belleza, la primera parte, que consiste en el ser una mujer aseada y limpia, cosa es que el serlo está en la voluntad de la mujer que lo quiere ser, y cosa que le conviene á cada una quererla, y que pertenece á esto perfecto que hablamos, y lo compone y hermosea como las demás partes dello. Pero la otra parte, que consiste en el escogido color y figuras, ni está en la mano de la mujer tenerla, y así no pertenece á aquesta virtud, ni por ventura conviene al que se casa buscar mujer que sea muy aventajada en belleza; porque, aunque lo hermoso es bueno, pero están ocasionadas á no ser buenas las que son hermosas. Bien dijo acerca desto el poeta Simónides[138]:
«Es bella cosa al ver la hembra hermosa,
bella para los otros; que al marido