El mismo, habiéndose enflaquecido la ley conjugal, y como aflojádose en cierta manera el estrecho ñudo del matrimonio, y habiendo dado entrada los hombres á muchas cosas ajenas de la limpieza y firmeza y unidad que se le debe; así que, habiéndose hecho el tomar un hombre mujer poco más que recibir una moza de servicio á soldada por el tiempo que bien le estuviese, el mismo Cristo, entre las principales partes de su doctrina, y entre las cosas para cuyo remedio había sido enviado de su Padre, puso también el reparo deste vínculo santo, y así le restituyó en el antiguo y primero grado[3]. Y, lo que sobre todo es, hizo del casamiento, que tratan los hombres entre sí, significación y sacramento santísimo del lazo de amor con que él se ayunta á las almas, y quiso que la ley matrimonial del hombre con la mujer fuese como retrato é imagen viva de la unidad dulcísima y estrechísima que hay entre él y su Iglesia[4]; y así, ennoblesció el matrimonio con riquísimos dones de su gracia y de otros bienes del cielo.
De arte[5] que el estado de los casados es estado noble y santo y muy preciado de Dios, y ellos son avisados muy en particular y muy por menudo de lo que les conviene en las sagradas letras por el Espíritu Santo, el cual por su infinita bondad, no se desdeña de poner los ojos en nuestras bajezas, ni tiene por vil ó menuda ninguna cosa de las que á nuestro provecho hacen. Pues, entre otros muchos lugares de los divinos libros que tratan de esta razón, el lugar más propio y adonde está como recapitulado, ó todo ó lo más que á este negocio en particular pertenesce, es el último capítulo de los Proverbios, adonde Dios, por boca de Salomón, rey y profeta suyo, y como debajo de la persona de una mujer, madre del mismo Salomón, cuyas palabras él pone y refiere, con hermosas razones pinta acabadamente una virtuosa casada con todos sus colores y partes; para que las que lo pretenden ser (y débenlo pretender todas las que se casan) se miren en ella como en un espejo clarísimo, y se avisen, mirándose allí, de aquello que les conviene para hacer lo que deben.
Y así, conforme á lo que suelen hacer los que saben de pintura y muestran algunas imágenes de excelente labor á los que no entienden tanto del arte, que les señalan los lejos y lo que está pintado como cercano, y les declaran las luces y las sombras y la fuerza del escorzado, y con la destreza de las palabras hacen que lo que en la tabla parecía estar muerto, viva ya y casi bulla y se menee en los ojos de los que lo miran, ni más ni menos, mi oficio en esto que escribo será presentar á vuestra merced esta imagen que he dicho labrada por Dios, y ponérsela delante la vista y señalarle con las palabras, como con el dedo, cuanto en mí fuere, sus hermosas figuras con todas sus perfecciones y hacerle que vea claro lo que con grandísimo artificio el saber y mano de Dios puso en ella encubierto.
Pero antes que venga á esto, que es declarar las leyes y condiciones que tiene sobre sí la casada, será bien que entienda vuestra merced la estrecha obligación que tiene á emplearse en el cumplimiento dellas, aplicándose toda á ellas con ardiente deseo. Porque, como en cualquier otro negocio y oficio que se pretende, para salir bien con él son necesarias dos cosas: la una, el saber lo que es, y las condiciones que tiene, y aquello en que principalmente consiste; y la otra, el tenerle verdadera afición; así en esto que vamos tratando, primero que hablemos con el entendimiento y le descubramos lo que este oficio es, con todas sus cualidades y partes, convendrá que inclinemos la voluntad á que ame el saberlas y á que sabidas, se quiera aplicar á ellas. En lo cual no pienso gastar muchas palabras, ni para con vuestra merced, que es de su natural inclinada á bueno, será menester, porque al que teme á Dios, para que desee y procure satisfacer á su estado bástale saber que Dios se lo manda, y que lo propio y particular que pide á cada uno es, que responda á las obligaciones de su oficio, cumpliendo con la suerte que le ha cabido, y que si en esto falta, aunque en otras cosas se adelante y señale, le ofende. Porque, como en la guerra el soldado que desampara su puesto no cumple con su capitán, aunque en otras cosas le sirva, y como en la comedia silban los miradores al que es malo en la persona que representa, aunque en la suya sea muy bueno; así los hombres que se descuidan de sus oficios, aunque en otras virtudes sean cuidadosos, no contentan á Dios. ¿Tendría vuestra merced por su cocinero y daríale su salario al que no supiese salar una olla y tocase bien un discante?[6] Pues así no quiere Dios en su casa al que no hace el oficio en que le pone.
Dice Cristo en el Evangelio que «cada uno tome su cruz»[7]; no dice que tome la ajena, sino manda que cada uno se cargue de la suya propia. No quiere que la religiosa se olvide de lo que debe al ser religiosa y se cargue de los cuidados de la casada, ni le place que la casada se olvide del oficio de su casa y se torne monja.
El casado agrada á Dios en ser buen casado, y en ser buen religioso el fraile, y el mercader en hacer debidamente su oficio, y aun el soldado sirve á Dios en mostrar en los tiempos debidos su esfuerzo, y en contentarse con su sueldo, como lo dice San Juan[8]. Y la cruz que cada uno ha de llevar y por donde ha de llegar á juntarse con Cristo, propiamente es la obligación y la carga que cada uno tiene por razón del estado en que vive; y quien cumple con ella, cumple con Dios y sale con su intento, y queda honrado é ilustre, y como por el trabajo de la cruz alcanza el descanso que merece. Mas al revés, quien no cumple con esto, aunque trabaje mucho en cumplir con los oficios que él se toma por su voluntad, pierde el trabajo y las gracias.
Mas es la ceguedad de los hombres tan miserable y tan grande, que con no haber duda en esta verdad, como si fuera al revés y como si nos fuera vedado el satisfacer á nuestros oficios y el ser aquellos mismos que profesamos ser; así tenemos enemistad con ellos y huímos dellos, y metemos todas las velas de nuestra industria y cuidado en hacer los ajenos. Porque verá vuestra merced algunas personas de profesión religiosa, que, como si fuesen casadas, todo su cuidado es gobernar las casas de sus deudos ó de otras personas, que ellas por su voluntad han tomado á su cargo, y que si se recibe ó se despide el criado, ha de ser por su mano dellas, y si se cuelga la casa en invierno, lo mandan ellas primero; y por el contrario, en las casadas hay otras que, como si sus casas fuesen de sus vecinas, así se descuidan dellas, y toda su vida es el oratorio y el devocionario, y el calentar el suelo de la iglesia tarde y mañana, y piérdese entretanto la moza, y cobra malos siniestros la hija, y la hacienda se hunde, y vuélvese demonio el marido. Y si el seguir lo que no son les costase menos trabajo que el cumplir con aquello que deben ser, tendrían éstas algún color de disculpa, ó si habiéndose desvelado mucho en aquesto que escogen por su querer, saliesen perfectamente con ello, era consuelo en alguna manera; pero es al revés, que ni el religioso, aunque más trabaje, gobernará como se debe la vida del hombre casado, ni jamás el casado llegará á aquello que es ser religioso; porque, así como la vida del monasterio y las leyes y observancias y todo el trato y asiento de la vida monástica favorece y ayuda al vivir religioso, para cuyo fin todo ello se ordena, así al que, siendo fraile, se olvida del fraile y se ocupa en lo que es el casado, todo ello le es estorbo y embarazo muy grave. Y como sus intentos y pensamientos y el blanco adonde se enderezan no es monasterio; así estropieza y ofende en todo lo que es monasterio, en la portería, en el claustro, en el coro y silencio, en la aspereza y humildad de la vida; por lo cual le conviene, ó desistir de su porfía loca, ó romper por medio de un escuadrón de duras dificultades, y subir, como dicen, el agua por una torre.
Por la misma manera, el estilo de vivir de la mujer casada, como la convida y alienta á que se ocupe en su casa, así por mil partes la retrae de lo que es ser monja ó religiosa; y así los unos y los otros, por no querer hacer lo que propiamente les toca, y por quererse señalar en lo que no les atañe, faltan á lo que deben y no alcanzan lo que pretenden, y trabajan incomparablemente más de lo que fuera si trabajaran en hacerse perfectos cada uno en su oficio, y queda su trabajo sin fruto y sin luz. Y como en la naturaleza los monstruos que nacen con partes y miembros de animales diferentes no se conservan ni viven, así esta monstruosidad de diferentes estados en un compuesto, el uno en la profesión y el otro en las obras, los que la siguen no se logran en sus intentos; y como la naturaleza aborrece los monstruos, así Dios huye destos y los abomina. Y por esto decía en la ley vieja que ni en el campo se pusiesen semillas diferentes, ni en la tela fuese la trama de uno y estambre de otro[9], ni menos se le ofreciese en sacrificio el animal que hiciese vivienda en agua y en tierra[10].
Pues asiente vuestra merced en su corazón con entera firmeza que el ser amiga de Dios es ser buena casada, y que el bien de su alma está en ser perfecta en su estado, y que el trabajar en ello y el desvelarse es ofrecer á Dios un sacrificio aceptísimo de sí misma. Y no digo yo, ni me pasa por pensamiento, que el casado ó alguno han de carecer de oración, sino digo la diferencia que ha de haber entre las buenas religiosa y casada; porque en aquélla el orar es todo su oficio, en ésta ha de ser medio el orar para que mejor cumpla su oficio. Aquélla no quiso el marido y negó el mundo y despidióse de todos, para conversar siempre y desembarazadamente con Cristo; ésta ha de tratar con Cristo para alcanzar dél gracia y favor con que acierte á criar el hijo y á gobernar bien la casa y á servir como es razón al marido. Aquélla ha de vivir para orar continuamente; ésta ha de orar para vivir como debe. Aquélla aplace á Dios regalándose con él; ésta le ha de servir trabajando en el gobierno de su casa por él.
Mas considere vuestra merced cómo reluce aquí la grandeza de la divina bondad, que se tiene por servido de nosotros con aquello mismo que es provecho nuestro. Porque á la verdad, cuando no hubiera otra cosa que inclinara la casada á hacer el deber, sino es la paz y sosiego y gran bien que en esta vida sacan é interesan las buenas de serlo, esto solo bastaba; porque sabida cosa es, que cuando la mujer asiste á su oficio, el marido la ama, y la familia anda en concierto, y aprenden virtud los hijos, y la paz reina, y la hacienda crece. Y como la luna llena en las noches serenas se goza rodeada y como acompañada de clarísimas lumbres, las cuales todas parece que avivan sus luces en ella, y que la remiran y reverencian; así la buena en su casa reina y resplandece, y convierte á sí juntamente los ojos y los corazones de todos. El descanso y la seguridad la acompañan adondequiera que endereza sus pasos, y á cualquiera parte que mira encuentra con el alegría y con el gozo; porque si pone en el marido los ojos, descansa en su amor; si los vuelve á sus hijos, alégrase con su virtud; halla en los criados bueno y fiel servicio, y en la hacienda provecho y acrecentamiento, y todo le es gustoso y alegre; como al contrario, á la que es mala casera todo se le convierte en amarguras, como se puede ver por infinitos ejemplos. Pero no quiero detenerme en cosa por nuestros pecados tan clara, ni quiero sacar á vuestra merced de su mismo lugar. Vuelva los ojos por sus vecinos y naturales, y revuelva en su memoria lo que de otras casas ha oído.