¡Adiós! Muy pronto, hermana, te lo diré tan mudo
que nadie ha de sentirlo. Del fondo de mi ser
saldrá calladamente la sombra del saludo
de admiración a una alma que ya nunca he de ver.

Tal vez tú, por las noches, velando a algún doliente,
o en el convento, a la hora del grave meditar,
avives los recuerdos y cruce por tu frente
la imagen de una angustia que te miró al pasar.

Acaso, si en tu limpia memoria hay un asomo
de interés, ¿qué habrá sido—dirá tu corazón—
de aquel tímido hombre que me miraba como
un niño huraño y triste que va a pedir perdón?

¿Y yo?... Buscaré a solas, como única alegría,
mi talismán de ensueños y purezas, y allí
veré los grandes ojos de Sor Melancolía
perpetuamente abiertos para velar por mí.

En el mar.—Abril de 1917.

A UNA CRIOLLA

MUÑEQUITA de biscuit
que mueves los labios y
dices una bobería;
yo sé desde que te vi
que eres coqueta, alma mía;
mas... ¡qué adorable es tu coquetería!