XIII
GALANTERÍA
ASÍ, dentro la negra toca de blanco filo
que tu cabeza ciñe y oculta tu cabello,
tu cara resplandece, y en su óvalo tranquilo
una invisible lámpara pone su azul destello.
La toca, que desciende y a tus hombros da asilo,
es un emblema puro de matiz casto y bello,
y, como una corola de inmaculado hilo,
avaramente esconde la gracia de tu cuello.
Estatua en mármol y ónix, cuyo perfil semeja
el de la ardiente santa del Bernino, y que deja
traslucir los fervores de un ingenuo candor.
Rostro pálido que una claridad ilumina
con su llama apacible, misteriosa y divina
como la de una estrella que besara una flor.
XIV
LA ÚLTIMA MAÑANA
TÚ, en silencio, rezabas; yo, en silencio, escribía;
de cuando en cuando alzabas los ojos a mirar
el horizonte diáfano que en esplendor ardía
y la maravillosa visión azul del mar.
Como una seda, el viento; la luz, como un diamante
y tu mirada, pura como el viento y la luz...
Así pasé yo el tiempo, sin sufrir un instante,
ni el mal de mi cansancio ni el peso de mi cruz.
Era por las mañanas, cuando a los cabrilleos
del sol las ondas labran, en blancura ideal,
efímeras diademas y leves camafeos
que al punto se deshacen en polvo de cristal.
Este día es lluvioso: tú no rezas, hermana,
ni yo escribo. Y estamos en silencio los dos.
¡Qué opaco el horizonte de la última mañana!
¡Y qué negras las olas que nos dicen ¡adiós!