Un tiesto de porcelana
de China, blanco y azul,
con su cimera de rosas
desmayadas por la luz.
En el balcón está el tiesto;
y el balcón es como un
cuadrado de nieve y de oro,
(sol, mañana, cielo y tul).
En el interior sonríe
todo: el biombo de bambú
en cuyo zigzag de raso
tiemblan flores al trasluz;
el verde tapiz del muro
donde un reloj de cucú
cuelga su caja de cedro
—en la que suena el run-run
de la fina maquinaria
de los tiempos de Mambrú—;
la mesa Primer Imperio
con la amarillenta cruz
de marfil, bajo el fanal
de vidrio; el negro baúl
con repujados adornos
de hierro; el busto de Glück
en una vieja aguafuerte;
la estampa bíblica (Ruth
y Noemi); el sillón de coro,
la arcaica y noble curul
cuyos brazos platerescos
se abren en forma de U.
¡Antiguallas que sonríen
tocadas de juventud!
Afuera, el día que esplende,
la plaza sola, ningún
ruido, el adormilado
arrabal en plenitud
de sol, el dorado gris
del polvo; el calvo sauz
que en una tapia de adobe
apoya su senectud.
Medio día. Una voz canta
a lo lejos. Aire, luz,
bochorno, apaciguamiento;
todo sonríe en quietud.
¡Y tú, rumiando tristezas,
sientes llegar del azul
del cielo; del aire, de
las cosas, la juventud,
alma mía, y el ensueño,
que fué milagroso augur,
y la ilusión, hada buena,
cuya vara de virtud
dibujó en tus horizontes
una divina Stambul!
¡Antigualla dolorosa,
te invita el ambiente; haz un
esfuerzo; todo sonríe;
sonríe, alma mía, tú!
México, Colonia de la Bolsa, 1914.