TARDE nublada y húmeda. El callejón se empina
y se tuerce. Los viejos muros hacen zig-zag.
Nadie asoma...
Y de pronto, de la plaza vecina
llega una dama: el manto cubre, a medias, su faz.
En pos viene la dueña, corva y magra... ¡Qué fina
la altivez en la joven! ¡Qué donaire al andar!
En la vieja, ¡qué gesto de lechuza mohina!
Y en las cosas, ¡qué hermética y vetusta hosquedad!
Robusto y lento, un fraile, que aparece en la esquina,
frente a moza y a vieja reverente se inclina:
sus ojos son burlones y luenga su nariz...
Hiere un cuadro del siglo catorce mi retina:
(La audaz Trotaconventos, la hermosa doña Endrina
y el risueño poeta y arcipreste Juan Ruiz.)
Segovia, septiembre 1916.
LOS TRES RUEGOS
YO sufrí. Mas siento que la vida es buena
porque poco a poco mi dolor serena
y apacigua el ímpetu de mis alas rotas.
¡Corazón que fuiste como ánfora llena
de tenues perfumes de pena,
déjame que aspire las últimas gotas!